lunes, 23 de marzo de 2009

La diversidad humana nos libra de quedar pendiendo de la nada




1.- INTRODUCCIÓN

Apoyado con una parte de la luz desprendida de los textos antropológicos escritos por Adam KUPPER (1999) y Michael CARRITHERS (1995) intentaré aquí dejar planteado cómo la antropología se fue haciendo consciente tanto de sus límites como también de la problemática al considerar el asunto de la diversidad humana[1]. Consciente como quien de pronto siente que "le ha caído el veinte. " Y cuando decimos: ¡Nos ha caído el veinte! sentimos expresar el momento de una revelación. Así, la puerta que se me abre, para la realización de este escrito, es un venero distinto al mundo del pensar meramente cuantitativo y... pues, los invito a pasar:

Los estudios antropológicos sobre la diversidad humana no han estado ausentes de las dificultades acarreadas por los enfoques con los que se les trata.

En efecto, el horizonte civilizatorio[2] fue erigido como el procedimiento para lograr una cultura universal. Respecto a esta cuestión y sieguiendo a KUPPER (op.cit): Quedaban, entonces, fuera de este horizonte universalista quienes se resistían o estaban lejos de alcanzar refinamiento y erudición. Para ser humano había que ser civilizado. Y se imponía como imprescindible esperar ese reconocimiento parecido a la expedición de un título universitario. Lo anterior queda ejemplificado en la película de Truffaut: L´enfant sauvage (1969) donde se narra la historia basada en hechos reales; película sobre lo acontecido al niño que pasó a la historia como “el pequeño salvaje de Aveyron”. Sí, pasó a la historia con ese nombre pues así lo señaló la barbarie de los domesticados para funcionar de manera "educada". El relato sobre este niño muestra el trato del mundo “civilizado” hacia un ser considerado salvaje por haber sido abandonado en el bosque con la edad aproximada de tres años y reencontrado a los once (edad también aproximada). Las actitudes de los científicos consistían, en ese nebuloso tiempo, en tratar de introyectarle el mundo ilustrado cuya racionalidad estaba lejos de escuchar la revelación de su ser distinto. Ser distinto, por supuesto, el del "niño salvaje" dejado en un paréntesis a pesar de algunas buenas intenciones manifestadas tanto por el doctor Jean Itard (de quien se dice fue el primer educador de niños inadaptados y quien, debido a intereses científicos, toma la tutela del niño) como por Madame Guérin: su ama de llaves.

La película L´enfant sauvage* muestra el horizonte intencional de cultura de principios del siglo XIX : horizonte que dejaba a un lado la alteridad y es apenas un botón de lo acontecido a otros seres también considerados salvajes. Por su parte, y continuando con el rubro de no respeto a la alteridad, en el libro de Carrithers --ya citado-- se desprende la importancia de conocer a los grupos humanos considerando la variabilidad y las diferencias. Y –se remarca-- no tratando de estatizarlos como si el elemento histórico no existiera:

"De este modo cuando los antropólogos aparecieron en escena (…) se encontraron con un mundo que no era antiguo ni intocado ni primitivo ni aislado, sino uno ya moldeado por el intercambio extensivo con las mismas sociedades de las que provenían los antropólogos" (Carrithers, op. cit: 46).

2.- INTERMEZZO

En algunas sesiones de diálogo con compañeros (as) comprometidos (as) con reflexiones sociales y filosóficas[3] pude aproximarme a varios enfoques en el momento de analizar un determinado grupo humano y fue interesante constatar cómo los primeros descubrimientos etnográficos se dieron desde una Europa interesada por el exotismo que les representaban las etnias aparecidas tras los periodos de conquista. Hoy los estudios antropológicos se pueden agrupar por las siguientes escuelas: evolucionista, americana, difusionista, sociológica francesa, funcionalista, estructuralista, dinamista, neoevolucionista, ecologista cultural, estructuralista marxista, neodifusionista; etcétera[4]. Por supuesto: estas escuelas no inventaron a las sociedades y a las culturas[5] en el sentido lato de esa expresión pero, de alguna manera, sus enfoques han inventado el modo de conocerlas. Ante estas consideraciones, está demás escribir sobre las pretensiones de esas formas de estudio. Pretensiones vigentes en algunas corrientes antropológicas alejadas por kilómetros de la realidad estudiada. Antropológicas corrientes dejando al descubierto aquellas cojeando de algún pie debido a su matrimonio cerrado con algún método (sin pretender minimizar la importancia de los métodos) y cuyas perspectivas suenan a imposiciones de maneras de ver y no hablan de la empatía necesaria para dejar hablar a la alteridad (aunque merecen admiración y respeto los estudios antropológicos en verdad tratando de insertarse en las realidades culturales. Estudios ricos en descubrimientos útiles y más allá de cualquier ciencia reduccionista). Pero mi intención --al menos en este espacio--no consiste en desfundamentalizar ese tipo de estudios (y por lo demás, muchos ya lo han hecho y otros continúan haciéndolo) sino aclararme cómo algunos de ellos inventan modos de apreciar grupos sociales y culturales. Para profundizar en estos aspectos, recomiendo el análisis que Michael Carrithers (op. cit ) realiza en los capítulos: 1.-La pregunta; 2.- El gran arco; 3.- Comenzando a hacer historia, de su libro: ¿Por qué los humanos tenemos cultura? y donde ya se entrevé la necesidad de reparar en lo histórico en los estudios antropológicos. En el análisis efectuado por este autor se dirá que la antropología como institución, antes de la segunda guerra mundial, se caracteriza por ser ahistórica tal como se demuestra en sus descripciones etnográficas siempre en presente del indicativo.

“Y, sin embargo, los antropólogos habían malgastado con anterioridad una parte de su credibilidad especulando libremente, pero sin base, en torno al pasado de los pueblos «primitivos» de modo que pareció lógico fundar la nueva antropología en lo que vino a denominarse un punto de vista del presente”. (Carrithers, op.cit: 29).

Por lo hasta aquí mencionado, parece ser que la necedad de querer encontrar un origen común entre los seres humanos (evolucionismo) y la pretensión de encontrar un modelo único de hombre[6] fueron instrumentos de las pretensiones imperialistas de los neoconquistadores favorecidos por la ceguera de muchos saberes estudiosos del hombre.

3.- TRASCENDIENDO LA PROPIA MIRADA

Tanto Adam Kupper como Michael Carrithers, en las obras citadas, nos advierten de manera sutil sobre la necesidad de borrar prejuicios si la verdadera intención de quien investiga es conocer a los grupos humanos en su diferencia. De tal manera que el antropólogo debe hacer esfuerzos por trascender su propia mirada y, gracias a ello, poder ver realidades latentes más allá de los encajonamientos en órdenes de discursos. En esta perspectiva no está de más subrayar la divergencia entre el conocimiento científico (con sus pretensiones naturalistas) y el conocimiento antropológico; pues mientras el primero busca saber con certeza cómo funcionan las culturas en la perspectiva de lograr leyes universales; el segundo, si hay escucha verdadera, quiere entender cómo es en realidad la cultura estudiada El antropólogo casado con alguna corriente de conocimiento (epistemología) corre el peligro de especular y de dar como real el resultado de su especualción.

En el estudio de Carrithers se analiza la necesidad del cambio de mirada del antropólogo. Cambio capaz de sobrepasar aptitudes univocas o equivocas para erigirse en portavoz de alguna sociedad cifrada en el etnocentrismo. O como explica Adam Kupper en el capítulo Guerras de cultura de su libro "Cultura, la versión de los antropólogos" (2001: 22): "Mucha gente cree que las culturas se pueden medir unas respecto de otras, y esta gente se siente inclinada a evaluar su propia cultura por encima de las de los otros". Al respecto, este autor también analiza de manera crítica la pretensión de algunas escuelas antropológicas (léase Darwinismo o evolucionismo; las ideas de Talcott Parsons; etcétera) como perspectivas que, en mucho, dejaban a un lado la realidad y, por lo tanto este autor las critica como reduccionistas y generalizadoras. En consecuencia, refiriéndose a las ideas de Lévi-Strauss nos dirá, por ejemplo:

“Si una nueva ciencia de la cultura iba a seguir los pasos de la lingüística, ambas disciplinas podrían establecer definitivamente la estructura profunda que todos los lenguajes y culturas compartían y, que con seguridad, estaba grabada en el cerebro. Una antropología cartesiana, científica, estaba esperando para nacer.” (KUPPER, op.cit: 36).

El autor Kupper critica la manera en que, por el afán de ser científicas y obtener leyes universales, se imponían modos de ver (aún hoy algunas corrientes antropológicas continúan con esa tradición) al estudio de los grupos humanos; estudios justificados por diversas prácticas científicas como si el foco principal de la antropología fuera hecho para el tipo de abordajes tales como la aplicación de la lingüística, la fonología, la gramática transformacional, el estructuralismo, la ciencia cognitiva, la pragmática, el postestructuralismo. Y, como contraparte, el idealismo omnipresente. La crítica de Kupper se conecta con la propia de Michael Carrithers (op.cit) cuando se plantea cómo los estudios antropológicos encuentran dificultad al dejar a un lado el pasado de las culturas; su origen y su cambio.

4.- CONCLUSIÓN: quien excluye lo histórico se queda colgado.

Resumiendo lo aquí dicho y a manera de conclusión, puedo decir: ambos autores coinciden en subrayar el olvido de lo histórico en algunos proyectos sobre estudiar antropológicamente las culturas. Al respecto, en los inicios de la antropología, los estudios del pasado eran meras especulaciones sin fundamentos; no obstante, la evidencia de lo histórico, siempre latente, hizo que la antropología necesitara cambiar de mirada. Surgiendo, de esta manera, una nueva conciencia capaz de valorar la diversidad humana. Así, las realidades distintas, aparecen para muchos antropólogos como el campo de trabajo. Campo de trabajo imposible de circunscribirse en el orden de quienes, al respecto, creen tener la última palabra, pues, todavía hoy se mantienen (o resurgen) nuevos enfoques en los estudios del hombre. Y algunos de ellos con marcadas tendencias ya sean cientificistas o idealistas como bien señala Adam Kupper (op.cit: p. 38) refiriéndose a ésta última perspectiva:

“En breve, la corriente central de la antropología cultural americana está todavía en manos de un idealismo omnipresente”.

No podía terminar esta reflexión sin exponer un poema a propósito de lo aquí planteado. El poema es parte de mi libro La pasión según un hombre cualquiera (MERIDA, 2002: 71).



HORA DE NONA


Un niño juega a orillas del desastre
mientras adultos se buscan bajo piedras
Abajo el río canta su inocencia
No escucha al que extravío su cuerpo
En la calle arrastrada alguien dice estar vivo
Y pretende desenterrar su casa
El niño ajeno al polvo mira hacia el poniente
E inexplicablemente salta




[1] En las lecturas antropológicas aquí sugeridas se comprende que lo sabido sobre muchos grupos humanos alude más a las invenciones que algunas antropologías han elaborado sobre sociedad y cultura y no tanto al aspecto del origen de las multiplicidad cultural impresa en nuestro mundo. Por lo tanto, no estoy aquí tratando de elucidar el aspecto concerniente a cómo se inventó la sociedad y la cultura en los contextos propios de cada grupo humano, pues esa es gigante tarea y aún no termina de realizarse.
[2] ...“el neologismo civilización consiguió su carta de ciudadanía en la década de 1770 y, en 1798, forzó su inclusión en el diccionario de la Academia Francesa” nos explica Kupper (op.cit: 43) cuando hace alusión tanto al instrumental técnico civilizatorio para algunos (Francia, por ejemplo) y refinamiento del espíritu para otros (Alemania; también por ejemplo).
[3] Muestro aquí dos fotografías de mi grupo conformado para dialogar temas tanto sociales como filosóficos:


[4] Véase de Adam Kupper (op.cit) todo el capítulo CULTURA Y CIVILIZACIÓN: INTELECTUALES FRANCESES E INGLESES, 1938-1950; pp.41-64, donde se desprende el concepto propio de cultura como los distintos mores, valores, tradiciones; etcétera, propios de cada grupo étnico y, por lo tanto válidos si optamos por anteponer el respeto por las diferencias. Europa, en un principio, entendió el concepto cultura desde un etnocentrismo cerrado y la definió como el cultivo de las bellas artes y el refinamiento en los modos de actuar. Desde esta concepción los demás pueblos eran considerados salvajes o bárbaros. Salvajes o bárbaros a los que había que ilustrar y civilizar.
[5] Comprendiendo aquí por cultura a las maneras de hacer cosas. Maneras que conlleva rasgos heredados de los ancestros y nuevas formas de fabricar instrumentos satisfactores de necesidades (es historia e innovación) y si definimos a la sociedad en referencia con las agrupaciones productoras de proyectos intencionales.
[6] Véase KUPPER, op. cit; pp. 29.30.
*Comparto aquí algunos extractos de la película L´Enfant Sauvage;
material encontrado en Youtube:


Bibliografía:

CARRITHERS, Michael, (1995). ¿Por qué los seres humanos tenemos cultura?.. Madrid: Alianza editorial.

MÉRIDA, Martín, (2002). La pasión según un hombre cualquiera. México: Mantis editores.

KUPPER, Adam, (1999). Cultura. La versión de los antropólogos. Barcelona: Madrid.

Filmografía:
L´enfant sauvage de Francois Truffaut. Producida por Francois Truffaut, C.B FILMS S. A. France, 1969.

viernes, 6 de marzo de 2009

La mujer profesionista (A propósito de este 8 de marzo de 2009: Día internacional de la mujer).

A través del espejo fragmentado de la realidad postmoderna podemos darnos cuenta que, desde antes de Christine de Pizan, conocida como unas de las primeras mujeres expertas en letras, pasando por Suzanne Erker quien, en las inmediaciones de Praga, dirigió una fábrica de monedas; hasta llegar más allá de la escritora Rosario Castellanos (bien llamada, aún después de muerta, como “La mujer que sabe latín”) nos encontramos en este aquí, del año 2009, con el trato proporcionado a la mujer traduciendo la magnitud decadente de los horizontes de mundo. Decadente porque como nos remarcó Paulo Freire (1995: 29-69) : nadie puede oprimir sin ser al mismo tiempo oprimido y la historia muestra la dialéctica en clave monstruosa de múltiples desprecios hacia lo femenino. Desprecios como puertas que se cierran pero que, por fortuna, no pueden impedir el movimiento de apertura de otras posibilidades, porque en nuestro ahora la mujer profesionista (cuando no vive deseosa de venganza imposible de sobrepasar la inversión del orden del poder opresor) muestra nuevas maneras de acontecer productoras de lumbre de justicia. Desde esta perspectiva y en el horizonte que no condena al amor, nos explica la filósofa Simone de Beauvoir (1981: 871):

"Es necesario, entre otras cosas, que, por encima de sus diferencias naturales, hombres y mujeres afirmen sin equívocos su fraternidad."

En la foto: Simone de Beauvoir.


























Si menciono en este escrito a la realidad postmoderna como espejo fragmentado, es para hacer alusión no sólo a sus múltiples fisuras; sino también a las crisis por ellas producidas dentro del mundo sosteniéndose en clave falocrática y sobre el que, no sólo mujeres profesionistas, lanzan su protesta a veces transparentando golpes, heridas y cicatrices. En efecto, si el escritor Víctor Hugo (quien en su obra novelística remarcó varios perfiles de lo femenino) viviera en nuestros días de crisis postmoderna y se le pidiera una descripción de la mujer contemporánea, con mucha probabilidad, guardando las distancias y considerado matices distintos propios de nuestra época, haría casi el mismo retrato de la mujer tal como la puso en escena en 1862 en su novela “Los Miserables.” Novela donde se lee cómo la mujer es convertida en medio para que el macho logre lo perverso[1]. Pero, ese gran autor, diría lo mismo de los hombres pasando por una cadena de seres hasta desembocar más allá de los peces. Sin embargo, en las formas de utilización nos haría sentir a la mujer como el ser a quien se le impone el yugo más terrible en sutiles formas de minimización. Y si este genio de la escritura eligiera sustentar sus palabras en alguna teoría ética, tal vez nos haría sensibles al abandono de la tierra porque, como es evidente, la tierra se pronuncia en femenino.

El autor de Los miserables no pasaría por alto la evidencia sobre lo concerniente a que, si bien en este siglo un considerable porcentaje de mujeres han realizado conquistas permitiéndoles salir al mundo de manera autónoma: las relaciones entre mujer y varón no parecen (salvo excepciones) alejadas de la forma de poder culpable de ocultar lo humano ahí donde reaparecemos como meros socios de contrato; porque más allá de pertenecer a determinado sexo, todos somos realidades necesitadas de recibimientos propios de proyectos cimentados en justicia solidaria. Por fortuna, la mujer profesionista (si, como se ha dicho tantas veces, profesión también significa inembargable responsabilidad hacia los otros) desde los escenarios propios de los distintos gremios de especialización, puede defender las causas contra cualquier forma de violencia impuesta a sus congéneres.


A propósito de la novela Los miserables: hace más o menos nueve años, a partir de un sueño, escribí el poema inspirado en el personaje Cosette y es parte de mi poemario El país de la mirada (2007: 77). Cosette es un poema que volví a leer en el foro --dedicado a Simone de Beauvoir-- sobre La mujer rota[2] durante la Fería internacional del libro (FIL) 2008 en Guadalajara, Jalisco. Poema que aquí les comparto:





Cosette con rumbo al agua
niña
lo incomprensible se hace manos
llega
donde sólo eres cosa
Su nombre es Jean-Valjean
y su destino
no sólo fue crearse en Victor-Hugo
Llegó hasta mi escritorio
y en su costumbre de dar con su mano marcada
me regaló el siglo XIX
mientras terminaba el XX

Cosette que te detienes frente al bosque sombrío
niña
lo incomprensible espantará demonios
Me lo dijo en el sueño
Y despertó en el espejo cuando dije quererte
abrió mi corazón
y con la tijera hecha braza se puso a escribir ahí adentro
como sembrar lágrimas

Cosette
el peso del mundo yace en el cántaro del agua
Niña
brotaste y te ha dado por mirarme
Te digo no soy Marius
Y afirmas que escribí Los miserables
de un tomo inexistente



Y para terminar este escrito, recomiendo la lectura del libro de poemas La mujer rota. Libro que hospeda a más de trescientos poetas (provenientes de casi todo el mundo) con sus poemas dedicados a la mujer y donde también soy participante.[3]







[1] En la novela Los Miserables (2007) también se proyecta el alma de una época donde la mujer se encuentra sometida a las decisiones de los hombres enceguecidos por el machismo. Léase, sobre todo, el caso de Fantine, la mamá de Cosette.
[2] Con respecto al Foro internacional La mujer rota puede leer, en la siguiente línea electrónica, una entrevista realizada por Léty Bárcenas: http://www.oem.com.mx/elheraldodechiapas/notas/n957812.htm


[3] Si desea leer mis poemas incluidos en este libro, sólo dele click a la siguiente línea electrónica
http://lamujerrota.blogspot.com/2008/04/martn-mrida.html



Bibliografía



DE BEAUVOIR, Simone. (1981). El segundo sexo. Madrid: Aguilar.

FREIRE. Paulo,(1995). La pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI.
HUGO, Víctor, (2007). Los miserables. Madrid: Plaza edición.

MÉRIDA, Martín , (2007). El país de la mirada: México: Literaria Editores. Segunda edición.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Crear a pesar y contra el mundo colgando de la nada

Al filósofo latinoamericano Ignacio Ellacuría, SJ: asesinado, por militares salvadoreños, el 16 de noviembre de 1989.
In Memoriam.

"...vi que la nada no tenia nada. Vi que a mi lado no tenía nada
y que no estaba para ver la nada" (José Gorostiza ).





I


No hace mucho tiempo pronuncié: Siento en mi vida un vacío a causa de mi necesidad de que Dios exista y, soltadas así estas palabras, algunos de mis interlocutores creyeron que esa manera de experimentarme se debió a una simple inconformidad presta a disolverse con alguna nadería; por ello, cuando algunos se interesaron en mi sentimiento (salvo excepciones) me soltaron recetas de esas proporcionadas como si uno se asemejara a una construcción imperiosa de llenar con algo. En efecto, si a un inmueble le faltan sillones, pues la solución salta a la vista.

Me ha pasado a veces que doy fin a tristezas (los sentimientos de tristeza —como es obvio— no siempre hablan de vacío) en soledad o recurriendo a mis amistades; comprándome algún libro o disco; saliendo de viaje; etcétera. No obstante, el vacío que en ese tiempo experimenté se configuró como hueco posesionado en el corazón. Vacío que no por ensartar sus uñas me privó de realizar proyectos tales como leer, escribir, subir montañas, vibrar ante una música, asombrarme de unas palabras, sumergirme en lecturas; reposar en miradas de hospitalidad y fenómenos de ese tipo. Y, parafraseando a Agustín de Hipona el que dijo, hablándole a Dios: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti" (Agustín, Confesiones, 2007, p.128) hoy puedo decir: mi realidad no lograría un poco de tranquilidad si no escribiera (puede sonar loco, pero así me vivo).







Me dolió que me doliera mi necesidad de que Dios exista porque se me derrumbaron los constructos conceptuales sobre su existencia. Y, a pesar del dolor experimentado ante la fragmentación de esa forma de asideros, pude luchar (como dejé explicado) para no quedarme en espera de posibilidades veleidosas. En mis creaciones literarias surgidas en ese tiempo, se manifiesta mi esfuerzo para no sucumbir; ahí delato querer atisbar el infinito en mi voluntad de salir hacia los otros. Hoy, dicho sea de paso, tengo confianza de que el tic-tac del polvo, tañendo el tiempo, no me ganará la carrera en mi afán de encontrar conformidad deseada en respuestas más allá de racionalidades.

Antes de seguir el camino de este escrito, debo manifestar una preocupación: hablar del motivo que me llevó a experimentar vacío existencial, me resulta un poco vergonzoso ante un mundo donde a muchos les muerde el hambre y mueren de maneras infrahumanas; no obstante, si uno debe hablar desde donde le aprieta el zapato, lo que aquí escribo está marcado por ese experimentado apretamiento. Y porque todavía no conozco termómetro alguno que pueda medir si el vacío vivido por un niño es menos importante que el de Cristo, en el Monte de los Olivos, un poco antes de ser aprehendido. Con lo anterior no estoy afirmando la inexistencia de dolores tan grandes como el órgano de una catedral y otros, del tamaño de un organillo de iglesia de pueblo.

Necesito del infinito
[1] lejos de las barbaridades provenientes de estructuras religiosas cuyo verdadero Dios termina siendo el poder que aplasta, y el dinero. Necesito del infinito como de la mirada hospitalaria de los otros y esa sed me lleva a percibir la filosofía cual dama que poco a poco va brindándome agua de esa “buena también para el corazón”[2] y no de aquella de las verdades eternas, de erudición apantalladora y simple contemplación de conceptos; por ello, hoy doy gracias por encontrarme con la sorpresa de grandes acompañamientos entre los cuales de manera especial me mira el texto de Ignacio Ellacuría: Función liberadora de la filosofía,[3] texto del que estoy siendo huésped bien recibido.


II


Debido a los sepulcros y los monumentos de Dios (este horizonte conceptual es nietzscheano) mi mirada está saliendo del peso de ciertas costumbres impuestas y ese estar saliendo no es una postura meramente intelectual sino toda una experiencia corporal que entre otras acciones me impulsa a realizar este escrito. Por otro lado, considero pasión inútil tejer palabras como mera elucubración erudita y enganchada con la costumbre de que lo filosófico debe ser enredoso y abstracto. De esta manera, por lo pronto, este escrito es sólo balbuceo. Balbuceo, no obstante, que no pretende quedarse estancado, pues con el ritmo de la paciencia he de seguir ahondando en un necesario diálogo enriquecido con todo lo latente tanto en mis experiencias reales como vicarias. Desde esa perspectiva pretendo, entre otros aspectos, recibir luz de lo que Ignacio Ellacuría menciona como la locura de la cruz. El horizonte de la Cruz bien puede ser utilizado desde una lógica de poder o como camino a favor de la persona considerada como exterioridad dentro de sistemas incapaces de respetar la dignidad humana. La perspectiva de I. Ellacuría está cifrada en el segundo horizonte y, por consecuencia, gracias a su mirada construyo aquí una posible puerta para darme paso en este escrito:

El vacío existencial es camino desde donde se puede comprender que el hombre entra a la casa de la emancipación gracias a la dialéctica entre reconocer la cruz impuesta (que es como tocar fondo) y la emergencia que empuja hacia proyectos donde los otros tienen un papel preponderante.

Antes de continuar balbuceando preciso esclarecer mi comprensión sobre el vacío existencial como impulso para emerger con mirada nueva. Veamos: el vacío existencial puede llegar a acontecer debido a lo que I. Ellacuría nombra como la nada con apariencia de ser; nada cuyos colmillos bien pueden arrastrar al sufrimiento. Y es el sufrimiento, llevado como cargar una cruz, a lo que nuestro filósofo
[4] hace mención al elegir el horizonte de la cruz como el desde dónde filosofar para hacerle resistencia a la nada. Aquí, y bebiendo también un poco de la fuente de mi experiencia personal, diré: no hay verdadero proceso de emancipación sin ese darse cuenta de la cruz (o de las cruces) impuesta (s) Y aunque I. Ellacuría hace mención a las praxis históricas de emancipación, yo sin perder de vista lo histórico en proyectos de justicia solidaria (justicia pensada más allá de la lógica del poder) me encuentro tratando de aplicar a mi realidad personal el proyecto de irme despojando de la nadería impuesta por el mundo y que, como ya expresaba, me llevó a la situación de experimentar mordidas del vacío; nadería que, en efecto, viví como una cruz. Para ser más preciso: hoy mi realidad sentiente[5] se vive como emancipación desde mi esfuerzo por construir proyectos exteriores a sistemas acostumbrados a crucificar con sus paquetes de realidad introyectados hasta en nuestras necesidades y deseos; cruz y emancipación: horizontes puestos en la perspectiva del servicio donde aprendo a liberarme y deseo ser acompañado por una ética disruptiva capaz de construir y crear con tramos de realidad y no como aquellas “éticas” llenas de palabras bonitas y de valores-máscaras favoreciendo maquinaciones de sistemas político-sociales subyugantes. Cruz y emancipación pensadas desde la alteridad. Así, el rostro de Dios impuesto como un rostro lejos de aquellos marcados por el sufrimiento es, desde mi actual perspectiva, un rostro a desenmascarar por tratarse de una maquinación de seres que a través de ese subterfugio quisieran la omnipotencia en sus procedimientos de volver polvo a la justicia solidaria.


“La ideologización nos enfrenta con la nada con apariencia de realidad, con la falsedad con apariencia de verdad, con el no ser con apariencia de ser"(Ellacuría, op. cit; p.7).

Reconocer a la nada que aplasta y omnibula lo real, nos permite romper con la lógica donde alguien –o el poder que no sabe mirar de frente-- se impone sobre el otro aún de las maneras más sutiles. Esa manera de reconocimiento nos esclarece la existencia mediante el descubrimiento de un nuevo sentido más allá del ser del sistema envuelto en una racionalidad contra toda exterioridad; se trata aquí de ir más allá (en palabras de M. Foucault) de la manera de pensar atada psíquicamente al sistema. (Véase Foucault, Vigiliar y castigar, 2002).

En el borrador de trabajo de Ignacio Ellacuría, uno puede darse cuenta de la función creadora de la filosofía. Función creadora que reconoce en quien sufre un potencial para el cambio y es, también, invitación a mirar al otro como otro a pesar de las maquinaciones del poder pretencioso de atraparlo en la nada. El filósofo, desde esta perspectiva, está posibilitado para ver la presencia distinta del que sufre; presencia otra a convertirse en fuerza utópica a trascender un mundo encerrado en la lógica de aquello mencionado por el filósofo F. Nietzsche como “ eterno retorno a lo mismo”; es decir, retorno cerrado a la esperanza. Se trata entonces de una filosofía abierta a mirar, escuchar y recibir a quienes cargan cruces impuestas. Filosofía esforzándose por expresar lo inexpresable de esa alteridad; alteridad imposible de ser explicada sólo a través del discurso lógico; filosofía para liberarnos de la condena expresada en lo que I. Ellacuría nombra como moralidad del que convoca; del que impone la cruz ideologizando:

“Este fenómeno de la ideologización es realmente peligroso porque está en estrecha conexión con realidades sociales muy configuradoras de las conciencias tanto colectivas como individuales. Así tenemos que cualquier sistema social o subsistema social busca una legitimación ideológica como parte necesaria de su subsitencia y/ o de su buen funcionamiento” (Ellacuría, op.cit; p. 5).

Sobre el fenómeno de la ideologización como configuración de las conciencia, hay gran paralelismo entre el horizonte reflexivo de Ignacio Ellacuría con lo dicho por E. Morin y M. Foucault.

E. Morin:

La ideología, como manifestación específica de una determinada cultura, forma parte del “código cultural”, que funciona a modo de “código genético” del sistema. (Morin, 1973, pp. 237-238).

Michel Foucault:

…el poder (…) es una compleja relación estratégica en una sociedad dada. (Foucault, 2000, p. 93).

Quien sufre una cruz impuesta tiene hambre de realidad distinta; hambre de otra suerte; hambre de que lo reprimido por el sistema imperante sea liberado; hambre de ser respetado y considerado en un mundo pensando más allá del egoísmo. En Función liberadora de la filosofía de I. Ellacuría se dice a este respecto:

“La locura de la cruz, por otra parte, fundamenta radicalmente el método dialéctico, que ya no es inicialmente un método lógico ni tampoco un método universal, aplicable a la naturaleza y a la historia, a cualquier individuo y a la persona, sino que es un método que sigue la historia y que la historia impone a quien la quiere manejar. Desde la inspiración cristiana puede afirmarse, además, que la cruz sitúa en el lugar privilegiado de la revelación de Dios y de la resurrección del hombre, poniendo en unidad y reconciliación lo absoluto y lo relativo, lo infinito y lo finito, lo político y lo religioso, etc. (Ellacuría, op.cit. p.18).

Poco a poco, el viaje por los linderos de mi pasado vacío existencial (¿a cuántos otras formas de vacío habrá de enfrentar mi ser mortal?) aquí considerado, me continúa ayudando a efectuar el despojamiento de falsos asideros impuestos a mi mirada mediante ideologización y, bajo esas circunstancias, mis preguntas han ido obteniendo respuestas. Respuestas dentro del horizonte remarcado por Ignacio Ellacuría en lo que él llama filosofía de la cruz. Filosofía de la cual se desprende el papel de buscar fundamentos desde la “des-fundamentación de los procesos ideologizadores”. Gracias a esta des-fundamentación he estado aprendiendo a mirar al otro como otro y a mirar al otro que soy yo mismo; pero como otro sagrado (lo sagrado considerado como la realidad que soy lejos de la lógica del ser fundamentador de sistemas subyugantes; lejos de quienes erigen a Dios como fetiche). Hombre sagrado absolutamente otro distinto de la mismicidad impuesta; realidad a convertirse en camino hacia el infinito inspirando a ser mejores que buenos en un mundo de justicia solidaria. En efecto, la realidad humana que se revela y pide justicia; el ser humano (como acostumbramos a decir) cuando entra en contacto verdadero con el otro (el ser humano es alteridad y, por lo tanto, fundamento de heteronomía más allá de la voluntad de poder) puede transfigurar la realidad monocorde e impuesta.


Transfigurar la realidad monocorde, he ahí un camino a vivir con intensidad. Camino convocando a desear dejar atrás la nadería y el vacío de pretender atisbar el infinito como mera abstracción ajena a los ojos de las realidades humanas. En esa perspectiva y debido a la alteridad que soy, gracias a la discusión metafísica de los fundamentos (la expresión es de I. Ellacuría) de mi manera de pensar y de mis creencias escribí un poema comprendido en mi libro “El milagro de tu voz distinta”. Libro editado y publicado por el ITESO en noviembre de 1999. En el tiempo de escribir los poemas ahí comprendidos, estaba pasando por el periodo hasta ahora quizás más difícil de mi discusión con “Dios” y fue la escritura de poesía –con su componente social explicito o implícito—la que me sirvió de soporte para soportar dicha pelea. Sí, la escritura de poesía es horizonte que me ayuda a vivir. De este horizonte comparto aquí uno de los poemas incluido en ese libro (Véase Mérida, El milagro de tu voz distinta, 1999, p. 23) pues lo considero en concordancia con lo que aquí voy tejiendo.

El mar tejió un camino

1
Se acrisoló el agua bajo innombrable saber
Y ficción donde odio ya no ahoga los sueños
De abismo a cima
Tu nombre
Misterio de los rostros
Cuando cizaña ahoga
Te transformas en filo
Tu fuerza es sed de montañas
Fuego de mirar profundo
Brota celeste a tu palabra
Mientras señor del Arco Iris se levanta
Arde pretérito presente
Suben ríos amargura
Indicio de llegar donde las olas
Y apacentar el alma transfigurada en pez

2
Un día todo calla
Sinaí Moab Siquén: tu corazón ilógico
Montaña donde amanece lo sagrado
Toda la tierra entre vida o muerte

Un día todo calla
No tu deseo de infinito
Cabalgata en el desierto de las voces
Marchas
El hombre se adentra en tu mirada
Avanza su ser barro
Principio y fin parten la roca
Manantial donde se nace

Frente a razón eriges una tienda
Sus pétalos al viento desmienten estatuaria
Y en arca alianza se inscribe la sonrisa

3
Corazón que das la cara
En ruta de tus ojos viajan siglos
Tejió el dolor tu entrega al sacrificio
Púrpura signo de encontrarse
Profeta flor entre la arena

Tu nombre se escribe en arrecifes
Cada humillado tú como un espejo
Los sin aliento tú canción de eterno
Cirio fulgor del paso hacia otra orilla
Oveja arrastrada al matadero

4
El tiempo aposenta en las cenizas
Humanidad se hunde en humareda
Sabiéndose de otro lugar camina escombros
La luna: luto entre sus horas
Entre la arena tu voz construye estrellas
Tu voz distinta y aún distante
Tu voz apedreada por la lógica
Tu voz que rompe desmemoria

5
En la tumba quedó sepultada la palabra
Y brotó a luz quien tiene nueva la mirada
Y naces entre ladrones amantes de lo puro
Eres sangre de Caín en guillotinas
Tu grito es Job vestido de miseria
¿Por qué tus llagas llagan el camino?
¿Resucitaste?
Jamás pregunta el mar
Ni rostros de hombres que trasegan
Un poema que ansía proclamarse:




Para el Filósofo latinoamericano Ignacio Ellacuría no sólo la filosofía tiene el papel de ayudar a vislumbrar caminos de emancipación, pues le hace justicia a la poesía, la novela… en suma, a la creación artística latinoamericana, como cuando dice: “…No basta a la hora de cumplir una función liberadora con hacer crítica de elementos que en ellos puedan ser retentivos, ocultadores o simplemente distractivos, sino que hay que crear, dar respuestas positivas o, cuando es el caso, decir positivamente porqué hay que callar. La realidad histórica latinoamericana y los hombres que la constituyen necesitan estas preguntas y es posible que en su preguntar lleven ya el inicio de respuestas, que necesitan tal vez mayor elaboración conceptual, pero que es seguro están cargadas de realidad y de verdad. Tal vez esa realidad y verdad ya la han expresado en cierta medida poetas, pintores y novelistas; también la han expresado los teólogos. Queda a la filosofía el expresar y reelaborarla al modo específico de la filosofía, cosa que no se ha hecho de forma mínimamente satisfactoria.” (Ellacuría, op. cit. p.19).

En mi oficio de escritor a veces me he orientado hacia lo que no se puede decir; para intentar percibir lo otro como alteridad. Alteridad imposible de ser comprendida desde las trampas de las cruces impuestas. La fe en un ser nuevo en un mundo nuevo, me conduce a respuestas no agotables por la racionalidad y en esto me siento revindicado por Ignacio Ellacurría porque conozco filósofos que desdeñan la creación artística presos como están en el cartesianismo y la soberbia entre otros horizontes donde bailan como títeres. Por tal motivo, el ser inalienable: el que sufre cruces impuestas, es referencia a una iniciativa no sólo en mi presente porque ese otro necesitado de justicia, se encuentra atrás, adelante y junto a mí… y no pienso abandonar su rostro en mis creaciones.


III

“La crítica de lo que somos sea al mismo tiempo análisis histórico de los límites que se nos imponen y experimentación de la posibilidad de transgredirlos.” (M. Foucault).


En el borrador de trabajo del filósofo latinoamericano Ignacio Ellacuría: Función liberadora de la filosofía existe, pues, una clara preocupación por denunciar sistemas que subyugan mediante mecanismos de ideologización. Sistemas prestos a ocultar al hombre deseoso de un mundo de paz cifrada en el respeto a la dignidad. Sistemas que, desde la óptica Foucaultiana, han sido impuestos en detrimento de una corporalidad liberada; pues el poder del sistema nos ha conducido a un horizonte impositor de cruces y no nos permite ver el rostro de quienes las sufren. Es tarea del filósofo comprometido con la realidad (pero también del artista) no perder tiempo en verborreas mentales y disquisiciones abstractas para, así, dedicarse a la tarea de des-fundamentalizar mentiras vendidas como verdades y donde se ha impuesto el yo (como voluntad de poder) de quienes dominan y nos condenan a arrastrarnos en calvarios.

Ignacio Ellacurría, quien en vida fue filósofo de verdadero compromiso con los que sufren, en su borrador de trabajo en cuestión (y en lo demás de su obra tanto filosófica como teológica) se erige en enérgica y preclara voz de quien sueña una corporalidad liberada al proponernos un método que consiste en, gracias a la “inconformidad con lo omnipresente develar la nada de lo ideologizado”. Método que como él mismo señala, no es paso del realismo al idealismo, sino del fisicismo al subjetivismo real donde no debe abandonarse lo histórico.

Para poner fin a este escrito y continuar con el tema en otro tiempo a desatarse, puedo decir en consonancia con I. Ellacuría y utilizando los versos del poeta José Gorostiza: no está mi ser para ver la nada, pues es el servicio al otro desde distintas perspectivas (perspectivas que también atañen a la creación literaria y al arte en general como hemos visto) lo que podría darle sentido a la existencia y, tal vez, éste sea el horizonte de mayor fuerza para superar vacíos.



[1] Y, por otra parte, sin ánimo de querer actuar de manera abrupta, a partir de este momento, dejaré de decirle Dios a mi ansia de infinito y me quedaré solo con la palabra infinito. Desde hace ya algún tiempo vengo cuestionando mis creencias y no soy de las filas de quienes creen y ya no se cuestionan nada y me sorprenden los que en un dos por tres pueden dejar de creer y no les pasa nada… yo no soy ni de los primeros ni de los últimos aquí caracterizados.

[2] Antoine de Saint-Exupery en su obra Le petit prince (1967) escribe sobre el agua que es buena para el corazón. Véanse, al respecto, los capítulos XXIV y XXV. De la parte traducida en este trabajo, soy responsable.

[3] Texto por demás iluminador ya que es del tipo donde encuentro respuestas a lo que mi realidad sentiente necesita en este ahora y aquí; respuestas que también estoy encontrando en mi relectura del texto Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche, La microfísica del poder de M. Foucault y en una relectura con mirada filosófica del texto sobre Job, comprendido en la Biblia de Jerusalén, entre otras. Véase ELLACURÍA, Ignacio. (1985). Función liberadora de la filosofía (Borrador de trabajo). México: Iteso.

[4] Véase ELLACURÍA, Ignacio, op.cit, donde la criticidad y fundamentalidad son caminos para desideologizar y hallar en el sufrimiento los ingredientes para liberarse.

[5] Lo de la explicación del hombre como realidad inteligente sentiente se encuentra explicado en la trilogía de Xubiri Xavier, (2004). Inteligencia sentiente.


Bibliografía:

AGUSTÍN, st. (2007). Las confesiones. Madrid: Tecnos.

DE SAINT-EXUPERY, Antoine. (1967). Le petit prince. París: Gallimard.

ELLACURÍA, Ignacio. (1982). Función liberadora de la filosofía. Guadalajara, Jalisco, México: Biblioteca del ITESO,

FOUCAULT, Michel. (2002). Vigilar y castigar. México: Siglo XXI.

FOUCAULT, Michel. (2000). Historia de la sexualidad: la voluntad del saber, vol. 1. México: Fondo de Cultura Económica.

MORIN, Edgar. (1973). Le paradigme perdu: la nature humaine. París: Editions du senil.

MÉRIDA, Martín. (1999) El milagro de tu voz distinta. Guadalajara, Jalisco, México: ITESO.

XUBIRI, Xavier. (2004). Inteligencia sentiente. Madrid: Tecnos.



miércoles, 11 de febrero de 2009

Mi viaje al volcán Tacaná



Desde niño el volcán Tacaná se amarró a mi nombre. Se amarró como aquello que uno no quiere desamarrar aunque llegue el fin del mundo y, en esta ocasión, antes de llegar a su cima estaba enterado que pasaría por lugares llamados: "El paso del caracol", "El paso del gato" y "El plan de las ardillas." ¿Qué más podría pedir en ese ahora de finales de diciembre del 2007?..

Les invito a caminar por esta ruta acompañados de la pieza musical "Conquista del paraíso" de Vangelis. Para iniciar el viaje sólo dele un clik al símbolo de play.

viernes, 30 de enero de 2009

El muchacho de cabellos color verde entre las flores del mal

(Aquí expongo mis palabras, dichas durante el Symposium sobre Literatura y Adicciones en el Colegio de Jalisco, el día 27 de julio del 2008).












Dentro del symposium sobre Literatura y adicciones,[1]me corresponde hablar del muchacho que se teñía el pelo de color verde y cuyos ojos clarividentes denunciaban la nada impresa en una época acostumbrada a juzgar con colmillos moralistas. Pintarse el cabello de color verde, fue parte de su heme aquí difícil de comprender con un manotazo de interpretación conceptual. Al respecto, dicho sea de paso, soy testigo de seres que subrayan tanto su diferencia hasta quedar sin ojos para mirar que todos somos diferentes. Pero Charles Pierre Baudelaire[2], el poeta en cuestión, no padecía la enfermedad de quienes no sólo no saben mirar al otro, sino que lo empujan para atropellarlo;[3] pues, en plena época atestada de azúcar romántica (donde se ofrecía amargura a pobres y humillados) escribe poemas desafiantes de miradas acostumbradas a engrilletar realidades en calabozos conceptuales. Por otra parte, es legítimo que los seres busquen trascendencia construyendo diversas maneras de subjetividad.[4] Pues bien, por más extravagante que a alguien pudiera parecer su manera de abrirse al mundo, el muchacho Baudelaire trascendió tanto en el horizonte poético como en su extraordinaria crítica social (ojalá que todos los seres gustosos de pintarse el cabello, las uñas, la cara o donde mejor les plazca, prestaran su voz a marginados en el horizonte de mundo hundido en la sordera).

Yo carga tal no soporto:
Sísifo, dame tu valor;
que aun cuando lucho con vigor
el Arte es largo, el tiempo es corto
… (LA MALA SUERTE).

Si fuera forzoso encajar algún marco conceptual para describir el libro de vida de este poeta, podríamos decir que alude a sufrimientos propios de un Chivo expiatorio. En efecto, digno hasta las consecuencias últimas: Baudelaire, a pesar de vivir situaciones de extremo sufrimiento, nunca buscó la felicidad de los puercos; antes bien, el dolor que experimentó no le impidió brotar flores reinvindicadoras de la luz de lo oscuro; flores provocando incomprensión de quienes imponían rutas al oficio de escribir poemas.

Como ha sucedido con muchos de nuestros genios maltratados, Baudelaire, desde muy temprana edad, se supo signo de contradicción en un enfermo horizonte de mundo. Sí, Charles Pierre Baudelaire fue signo de contradicción como Sócrates, Rimbaud, Mozart, Nietzsche y tantos otros. Por ello, ante el tiempo pudriéndose el alma por su adicción al dios-dinero, no me toca condenar desde esa totalidad cerrada a un hombre que, además de haberse pintado el pelo de color verde y tener sus propias adicciones, escribió poesía social que continúa estremeciendo los siglos. Poesía cuya fuerza desenmascara el reloj de una modernidad asesina de la cual no hemos podido arrancarnos por mas postmodernos que nos asumamos.

¡Reloj, deidad siniestra, inmutable, impasible,
Cuyo dedo amenaza y nos dice: “¡haz memoria!”
Bien pronto en el combado círculo de tu gloria
Plantarán los dolores su dardo ineludible
… (EL RELOJ).

Contra la doble moral (adicción de los hipócritas) y la censura a las expresiones de su escritura, el poeta-guerrero defendió sin tapujos que la poesía no tolera cárceles ni almidonamientos. Debido a ello, sus poemas no son entelequias ni palabrería en búsqueda de complacencia.
Muchos poemas de Baudelaire manifiestan su compromiso con los despreciados; aquellos que bien quisieran ignorar quienes se pintan de blanco las fachadas, pero se pudren el alma desde burgos reales como los conceptuales justificadores de la razón de la modernidad monótona capaz de producir una literatura mercantilista contra la que, este auténtico poeta, abrió las puertas de su refugio intersubjetivo para ofrecernos Las flores del mal (1999): obra conteniendo, en su versión definitiva, 151 poemas que nadie ha podido borrar. En estas flores encontramos una crítica al tiempo como proyecto de mundo que se impone[5] ocasionando dolor en quien (como el yo poético Baudeleriano) lo percibe vuelto maquinaria destructora de las posibilidades de ser.

¡Oh, Dolor ! Hila el Tiempo su gran tela de araña
y el Enemigo obscuro, que nos muerde la entraña,
Crece y se nutre con la sangre que perdemos
... (EL ENEMIGO).

Sólo cinco años atrás de la aparición de Las flores del mal, Federico Nietzsche había escrito “Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado” No sé si Baudelaire había leído a Nietzsche, pero sorprende ver como poeta y filósofo ponen el dedo en la misma llaga: la destrucción de la alteridad por medio de la imposición de un tiempo (el europeo) que hilando su tela continuaba tejiendo una empolvada lógica de muerte. Lógica de muerte como teje y maneje propios de una “araña” ante la que el yo poético se revela como exterioridad tratando de librarse de ese modo de hilar. Desde esta perspectiva, el yo poético bien puede ser visto como otra flor del mal y en el sentido donde quienes son considerados malos por una mirada totalizadora, unos ojos liberadores los descubre llenos de bondad.

Muchas joyas duermen enterradas
en las tinieblas y el olvido
completamente lejos de azadones y sondas
… (LA MALA SUERTE)

El yo poético, entre los múltiples rostros de flores colocadas en el florero del mal, es quien pone en evidencia algún hecho indigno (“¡Oh, Dolor! Hila el Tiempo su gran tela de araña”) con una subsecuente protesta que a veces es queja y, en otras ocasiones, toma la forma de plegaria. Protesta, queja o plegaria que al evidenciar barbaridades, traduce un tiempo que no permite vivir en plenitud: tiempo envuelto en el tedio hacia la destrucción. Ante esa manera monocorde de vivir, el poeta se presenta, como exterioridad que genera resistencia entre los considerados miserables e intuye que tiene derecho, como todo ser humano, a vivir su propio proyecto de vida.

Tres mil seiscientas veces en cada hora el segundero grita:
“¡Haz memoria!” Mueve las antenas vibrantes
de mosquito y añade: “Ahora, yo soy antes
y mi trompa le chupa toda la sangre al mundo
… (EL RELOJ).

El poemario Las flores del mal, entre múltiples horizontes de interpretación, bien puede experimentarse vuelto puente donde late la propuesta de una realidad distinta a la que devora el corazón del hombre; realidad como gracia para escuchar los rostros de quienes sufren las consecuencias del poder dominador.

Que el espíritu del muchacho que alguna vez se tiñó los cabellos de color verde, siga diciendo su No contundente a lectores tales como poetas, escritores, políticos, filósofos, psicólogos, etcétera; si la intención de éstos, fuera colocarse en floreros de ornato para complacer a gusanos en templos de lo indigno.

Pero si sabes contemplar,
Sin espantarte, los abismos,
Lee y aprenderás a amar
…(EPÍGRAFE PARA UN LIBRO CONDENADO).

[1] En efecto, el presente escrito fue mi ponencia durante el Symposium sobre Literatura y Adicciones en homenaje al escritor jalisciense Enrique Macias. El symposium estuvo organizado por DIF Zapopan, Secretaría de Cultura de Jalisco, El Colegio de Jalisco, Literalia editores y el Periódico Cultural “La Manzana.” Mi participación se efectuó el día 27 de junio del 2008 y fue una más entre las propias de María Esther Guzmán (La pasión por la madre); Rosa Chávez Cárdenas (Paranoia y adicción) y Blas Roldan (la videoadicción alcoholizada.) La mesa fue coordinada por Patricia Medina, directora de la editorial Literalia.

[2] Ya sabemos que Rimbaud, Verlaine, Mallarmé, Tristán Corbière, Jules Laforgue y Charles Cros (a mi parecer jamás decadentes como muchos suelen decir sobre ellos) siguiendo a Baudelaire, se opondrán al parnasianismo; desencadenando a la poesía del tedio implicado en las cadenas de las formas clásicas. Nuestros poetas, además, serán los pioneros en decirnos a través de su poesía, que la realidad es simbólica

[3] Con lo que aquí vengo diciendo, no pretendo abarcar el amplio horizonte de sentidos que podríamos hallar en los poemas escritos por el poeta rebelde que sufrió la humillación y la intolerancia de un París embobado con el artificio de la industria bajo el imperio de una Burguesía que privilegiaba lo inauténtico.

[4] Sólo en una sociedad moralista como hipócrita, se señala con crueldad aspectos tales como ciertas maneras de vestir o de llevar el cabello mientras se calla ante el crimen o la deshonestidad de quien roba el crédito público, por ejemplo. Cada ser humano tiene derecho a crearse a sí mismo (en lo que pueda, pues somos entes sociales) siempre y cuando tenga claro que los otros tienen el mismo derecho y existen formas éticas para no hacernos la guerra. Sobre el deseo de trascendencia como forma de subjetividad, recomiendo la lectura de LEVINAS, Emmanuel, (1997). De la existencia a lo existente.

[5] Sobre las imposiciones del poder, véase: FOUCAULT, Michel, (1981). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión.
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Bibliografía:
BAUDELAIRE, Charles, (1999). Las flores del mal. Madrid: Mestas.
FOUCAULT, Michel, (1981). Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión. México: Siglo XXI.
LEVINAS, Emmanuel, (1997). De la existencia a lo existente. Madrid: Arena Libros.

viernes, 12 de diciembre de 2008

La casa de mi abuela (poema dicho en el foro internacional erigido en homenaje a Simone de Beauvoir).


A Bonifacia Bartolomé Roblero. In memoriam.



En la casa de mi abuela están sus cabellos cortados desde cuando era niña y, junto a otros misterios, retozan en un cofre ballena de color vino.

Los libros sobre Poetas de América se pueden ver sobre la mesa junto al retrato ovalado desde donde sonríe mi bisabuela Tiburcia. Y no me canso de pedirlos prestados para leer Los motivos del lobo. Abuelita Boni: ¿le leo un poema?..

Mi abuela me escucha y después canta una canción de Agustín Lara y me gusta observarla desde un escalón de ladrillo recién barrido. Su voz se va haciendo tan delgada que, de repente, se confunde con los grillos. Entonces me mira y sonríe con la transparencia de sus ojos negros; ignaurando, de esa manera, el momento de hacerle preguntas que responde con relatos ciertos como secretos para espantar tempestades.

La casa de mi abuela huele a pan horneándose y a humo de hierbas y de café tostado. En un pasillo de esa casa hecha con adobes, mis hermanos y primos descascaran cacahuates para la confección de dulces. Y la más chica de mis tías; mi tía Emperatriz, bate claras: a ver si pega el turrón. Mi tía cada vez tiene más ocurrencias sobre como forjar figuras de gatos que después da tristeza comerlos.

De pronto mi abuela brota hacia el patio, rumbo al horno de barro, con una paleta de madera larguísima. Y me causa admiración lo de su fuerza para meter y sacar del horno tantas bandejas pesadas. La miro, y como alas de lo irreal llega a mis ojos la palabra artesa:

Artesa arca para amasar y dar forma a perritos, cuernos, conchas bizcochos, morelianas... Artesa: poemario de madera en el centro de estas horas en que mi abuela hace pan y eso no es poco.


Este poema pertenece a mi poemario "El país de la mirada" editado en el 2003 --en su primera edición- por Universidad Autónoma de Nayarit y Literaria Editores y, en su segunda edición por Literaria Editores. D.R. 2007 ISBN: 968-5544-06-9

Para saber más sobre el foro Internacional dedicado a "La mujer rota". Foro en homenaje a la escritora y filósofa francesa Simone de Beauvoir llevado a cabo en el marco de de la Feria Internacional del Libro 2008 ( FIL 2008), puede leer la siguiente entrevista en la línea electrónica:
http://www.oem.com.mx/elheraldodechiapas/notas/n957812.htm

lunes, 17 de noviembre de 2008

RETAPALPA



El más allá se puede encontrar en el más acá si buscamos subir no por los elevadores de la costumbre. Sólo así una piedra, por ejemplo, puede poseer el encanto de hacernos llevar por sus interiores donde el tiempo del reloj se vuelve polvo (o simplemente se queda mudo).



Una piedra puede hacer llover poemas, claro está. Pero, los ojos de las personas son inagotables y los poetas de la sabiduría tanto Maya como Azteca siempre vieron piedras preciosas en los ojos. Dudo que la torre Eiffel (en verdad no me cae tan mal esa araña patona) el Washington Monument o Batman con su Batimovil (o cosas por el estilo) tengan esa chispa de infinito brotando en ojos de hombres y mujeres verdaderos. ¿Por qué estoy hablando así?... Hablo así nada más porque antier y ayer no me encontré en Tapalpa; no. El sábado y el domingo me reencontré en Retapalpa y hablé de nuevo con las Retepiedras y las Retepersonas y con mis Reteamigos entre los cuales me ven con toda claridad Daira, una Reteniña y un Retebebé de nombre Yarik. Y aquí le paro a este movimiento de escribir Re antes de las palabras porque ya está dado por supuesto.

En el camino frente a las piedras bolas llegaron volando caballos con los jinetes Julien Collado, Itzia Baltodano, Daira, Yarik, Toño y yo mismo.


Aterrizaje del caballo blanco.

Itzia, bebé Yarik, Julien, Daira. Y los caballos que vuelan y bailan.
Toño, nuestro guía.

Voy cantando "Cielito lindo" mientras mi corcel escucha (luego este noble ser me llenó de preguntas).





Por otra parte, los caballos son poemas que poseen sentimientos y tal vez por eso el gran Friedrich Nietzsche lloró abrazado al cuello de un corcel al que castigaba un hombre con ojos racionalistas del demonio. ¡Ah, qué ojos tan nobles poseen los caballos! Ojos que los cartesianos difícilmente llegarán a ver.

Después de muchas trepadas, pronto se abrió una piedra y apareció un bebé de Dios naciendo (Yarik).


Sí, brotó un bebé en una piedra situada entre espinas que no son la maldad de las flores, sino pequeños obstáculos para que no se acerquen esnobs, destructores de la vida y quienes están incapacitados para hablar con espinas y piedras.





Mi emoción ---en este momento—forja en mi corazón una música donde un bongo resuena entre yemas de dedos de guitarra porque Daira me miró directamente a los ojos; Daira tan mágica que hasta la luna resplandeciente se embelesa al contemplarla.



Sobre mis sentimientos generados en Tapalpa de otra ocasión (Tlapalpan en Nahuatl) puede darle un clic a la siguiente línea electrónica:
http://hi5.com/friend/profile/displayJournalDetail.do?ownerId=190353840&journalId=34988334




Gracias.