domingo, 10 de julio de 2011

Nevado de Colima de corazón halcón




Primera parte
Son las 5: 37 de la tarde del día sábado 18 de junio del 2011. ¿Cuando aún no nacíamos como saber que hoy estaríamos a 4,000 mil metros de altura sobre el nivel del mar y que subiríamos más?.. Si digo lo que digo es porque estamos siendo en este ahora todo el camino recorrido hasta el momento y somos también el halcón que observamos fluir a corta distancia durante nuestro recorrido, pues desde el pueblo llamado El Fresnito hasta esta pradera junto al lugar llamado "Las Antenas", hemos caminado más de nueve horas. A lo lejos el sol alumbra vuelto una tenue lámpara naranja. Antes, al no habernos detenido tan largo momento, el frío era soportable; pero en estos instantes logra estremecernos un poco debido a que realizamos un alto más o menos largo para esperar a Berenice, Shizuca, Misa, Fer y Ricardo que se quedaron un rato más en nuestro refugio preparando algunos objetivos, pero pronto nos darán alcance; pues el deseo nos impulsa a ir hasta la cima del Nevado de Colima. Mientras tanto, vemos bajar un grupo de montañistas y, entre ellos, un perrito alpinista. Una mujer afable y extranjera nos explica que no pudieron llegar a la cima porque comprendieron que no traían el equipo necesario. Luego, miramos venir de bajada a un grupo de preparatorianos conocidos como los CAIC (Club Alpino del Instituto de Ciencias de Guadalajara) quienes traen caras de guerreros contentos por haber logrado permanecer largo rato en la cima. Esos muchachos son herederos de la tradición jesuita de alpinismo del Instituto de Ciencias de Guadalajara. Club que hace cuarenta años vio llegar a la cumbre más alta a once de sus compañeros debido a una terrible tormenta cuando venían de regreso del Ixtlaccihuatl. A decir de un amigo jesuita, en el tramo donde los enfrentó la tormenta hay una placa conmemorativa que dice:

“Afrontaron la inmensa incertidumbre y acudieron puntuales al encuentro. No murieron, llegaron a la Cumbre”.



Ah!.. ¡El perrito alpinista se resiste ir tras el grupo que no pudo alcanzar la cima!. Oh, la-là!: ¡Quiere subir con nosotros!. Pero estamos aquí donde, de pronto, llovizna y el cielo ha zigzagueado vuelto relámpago. ¿Será que caerá una tormenta y se verán frustradas nuestras aspiraciones de sentirnos en la cima de esta montaña? ¡No!.. Esperen: no lloverá fuerte ---dice corazón halcón---. Así, la lluvia se aleja con una carga de vislumbres allá en el horizonte contrario a nuestro objetivo. Estoy feliz y también los demás. Después de 48 minutos los compañeros que hacían falta nos han dado alcance, pero falta Fer. ¿Dónde se ha metido?.. ¿Fer tomó un atajo para darnos alcance?.. ¿Cuál atajo?... ¡En este tramo no hay atajos!.. Me adelanto un poco intuyendo más allá de los encajonados sentidos que el rumbo tomado por nuestro amigo desembocará ahí. . Y así es. Después de unos minutos, Fer, sonriente-tranquilo se asoma tras unas ramas trayendo puesto su gorro peruano siendo él de los Mochis, Sinaloa.

Sopla el viento. Alguien dice: ¡Regresemos!... Corazón halcón murmura: ¡No!: ¡Continuemos!

Los colores ahora celestes-azules perciolados con naranja han vestido todo de un presente sin límites.



Tomemos una decisión: ¿Subimos hasta la cima aunque nos caiga la noche?.. ¡Sí!.. ¡Subimos! decimos casi todos; casi, porque al pasar por el tramo en filo rocoso, un poco más allá de Las Antenas, Misa y Berenice deciden no continuar y regresarán a nuestro refugio junto a Edgar quien tomó esa opción con más tiempo de anticipación. Luego, un poco más arriba, Mike se siente indispuesto y ofrece esperarnos con una nutritiva cena a nuestro regreso. Quedamos cinco: Shizuka Fujiwra, Fernando Larrinaga Robles, Héctor de la Torre, José Mario Acosta Tamez y quien aquí escribe desde lo eterno donde a través de la ventana se asoma de vez en vez un colibrí de quien estoy aprendiendo a ver el movimiento de sus alas. Reanudamos, entonces, la marcha hacia nuestro objetivo. A nuestra diestra el hermano de nuestro amigo (el volcán de Colima) a quien seguiremos saludando desde lo más alto que se pueda, se yergue tan guerrero azteca que hasta le ha salido humo de penacho. El Sol nos mira tenue de enternecido y decide retrasar su acolchonamiento. El sol ríe con nosotros y le devolvemos la sonrisa junto a algunos mensajes: Se trata de mensajes en clave cifrada. ¡Nos damos cuenta!: El viento ha dejado de comportarse con brusquedad y, en cambio, le da por pasarnos unas manos finísimas a través de nuestras frentes. Van a ser las ocho de la noche, pero mejor ya no miraremos el reloj; al fin y al cabo el sol es tan hermano que aunque ya está bostezando sigue con su braza alumbrándonos. ¡Silencio!: corazón halcón vuela cercano: Fuiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiikkkkkkkkkk, dice su sonido y nos regala un poema. Después, volvemos a cantar la canción que me enseñó un viejo amigo montañista cuando yo iniciaba mi adolescencia antes de decidir ser niño. Al respecto, amigos: ustedes me disculparán, pero tal vez con el paso de Kronos le he cambiado algunas palabras a esta canción; pero no importa, Kronos; en mi experiencia, no aplasta aunque lo quiera: Kronos se disuelve en el sin tiempo en un dos por tres:

RONDÍN DE LA MONTAÑACuando los vientos soplan violentos:
las horas son momentos.
Lanza tus libros sin dudar;
lánzate a tu rondar.

Verdes praderas, fuentes parleras,
auras de las riberas:
cuando en el pecho hay juventud
es el rondar virtud.

Rondín-rondín-rondín de la montaña.
De la montaña como una llama
el alma te incendiará.
Y el sol, el sol, el sol que te acompaña;
que te acompaña como una llama
el alma te incendiará.

Subir, subir, subir.
Siempre subir mientras los valles cantan así:
Rondín, rondín, rondín repite el viento.
¡Atrevimiento mi lema será!

El sol nos dice adiós y nos regala estrellas. Aquí encendemos las lámparas. No hay frío sino piedras que son cómplices de nuestro atrevimiento. El infinito gusta también ser nosotros: vamos trepando por filos, laderas y paredes verticales de rocas; pero ayudándonos como lo estamos haciendo, se disuelve el temor por si lo hubiera.

Una piedra rueda: trasch-trasch-trasch-trasch, luego le siguen otras. Se trata de piedras que sólo cambiaron de lugar para vernos arribar. Más pronto de que se pongan a cantar, las luciérnagas y una que otra araña meticulosa cierre sus puertas lujosas-departamentales, nos experimentamos entre rocas como templos a las verdades. Se trata de templos de piedra erguidos desde hace milenios.

Descansamos: ¡Oh!: ¡Todo se ha convertido en un manto de estrellas!: corazón halcón canta: "La montaña." Esa canción que yo pude haber escrito, pero se me adelantó el brasileño Roberto Carlos. Mientras cantamos acentuamos el verso:
"…
Voy a pedir que las estrellas no paren de brillar.
Que los niños no dejen de sonreír.
Que los hombres no se olviden de agradecer."

Callamos. Estamos en lo más puntiagudo del volcán que hasta el cráter quedó abajo. ¿Cómo lo hicimos?.. ¿Es que pasaron ángeles y nos trajeron hasta aquí?.. ¡Silencio!: las estrellas nos dictan sus mensajes… ¿Cuánto tiempo ha pasado?.. no sé: el reloj se puede ir mucho a su soberano polvo. Nos incorporamos después de un diálogo sin tiempo con esas guerreras pendiendo allá donde bien mirado también estamos. Y decidimos seguir subiendo porque en nuestro corazón se ha encendido otro tipo de música. ¿La escuchan?..

Ahora creamos caminos en las rocas y las rocas crean caminos en nosotros. Tanto a la izquierda como a la derecha hay abismos: los podemos ver y palpar pues vienen a saludarnos con una que otra carcajada jamás para burlarse como suelen hacer los imbéciles. No hay miedo. ¡Somos amigos de la noche! –dice corazón halcón y añade: ¡Esos abismos somos también nosotros!

De regreso la señora neblina nos cubre con su manto. Nos percibimos un poco cansados, pero es un dulce cansancio debido a que en el descenso las rodillas hacen su mayor esfuerzo (¡Muchas gracias rodillas!). Además, debo añadir: hemos caminado desde todo el día hasta donde ya no hay tiempo.

El paso en el descenso tiene algo de alto grado de dificultad sobre todo porque es de noche, pero descendemos con sutileza. ¿Para qué, por descuido, hacer rodar más piedras que ya quizás se encuentren durmiendo?

Bajamos a los linderos de arena cerca de Las Antenas. Nos unimos para celebrar: juntamos las manos y decimos al unísono: ¡lo logramos!: ¡Muchas gracias corazón halcón!

Depués de pasar la caseta de protección civil ahora es Luna llena quien nos ofrece sus manos plateadas de ayuda. Lo que pase de aquí a nuestro refugio: ¡Que venga!: ¿Qué puede hacer temblar a un corazón de fiesta?.. Entre las sombras se ven alas de halcón. Encendemos los relojes: son las 2:30 de la mañana.




Segunda parte.

Gracias a mi corazón de montañista (quizás sea más preciso decir de montañero) al inicio de los años ochentas palpé la nieve y no sólo la de barquillo, porque el hielo ya era un gran amigo que desde mis iniciales años se dejaba comer a través de los raspados o me enseñaba sus poderes curativos. Si menciono al hielo se debe a que éste es primo hermano de la nieve. Al decir hielo pues de sopetón recuerdo el inicio de la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Menos mal, en otro ahora de la eternidad que hoy es 9 del mes de julio de 2011 no me encuentro frente a un pelotón de fusilamiento; antes bien, estoy en uno de mis sillones muy cerca del Mandala que construí hace casi doce años cuando reiniciaba mi vida en esta ciudad. Aquí, en lugar de desalmados queriendo acabar conmigo, me mira mi colecion de máscaras además de las imágenes de El Principito tal y como las dibujó Antoine de Saint-Exupery; se trata de máscaras e imágenes transparentando su corazón original (en una de estas imágenes me sonríe el Principito duende de encatamiento experimentado en montañas) aunque, cuando me he encontrado ante pelotones de fusilamiento simbólicos (entendiendo por ellos todas las disposiciones del horizonte de mundo que en lugar de hacer del viaje de la vida una
fiesta, se confabulan con sus pesadeces conduciéndonos a hacer tripa el corazón) como don Aureliano Buendía me da por recordar instantes sublimes y a veces hasta canto con la imaginación; tal vez esta manera de proceder me ha salvado la vida hasta llegar a advenimientos como este hoy en que recién subí de nueva cuenta al Nevado con mis amigos ya mencionados en la primera parte de este relato y a quienes acabo de impartir un curso de verano sobre Ética en el Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara.

Si he escrito todo lo anterior y lo que venga en posterior, se debe a mi admiración por el Nevado de Colima (y de manera más que marcada para reconocer a mis grandes compañeros y amigos de esa subida que me acompañará siempre-siempre aunque no siempre esté conmigo) que no todos los días está nevado, pero por lo general conserva su blancura, al menos en su cima, y no es de Colima sino de Jalisco ( y que, según los vulcanólogos, hizo su última erupción hace más dos mil años) lo he hecho para poder seguir caminando sin miedo a perderme por veredas y caminos de palabras que tejen a esta ciudad donde, por lo pronto, estoy viviendo como punto de partida a dónde se me pega la gana: Guadalajara, Jalisco. México.

Respecto a las injurias efectuadas a nuestro volcán en cuestión, ya le hice a éste algunas preguntas y una de sus respuestas (similar a la de los dioses) fue que a él no le interesa defenderse de esas extrañas conceptualizaciones fáciles de convertir en polvo si nos acordamos que la geografía muchas veces termina siendo historia; pues en algún tiempo nuestro amigo volcán estuvo en el territorio de Colima. Finalmente, un volcán es un volcán y tiene tanta iniciativa que nadie va a derrumbarle su autoestima fundada en una visión en continuo diálogo con las estrellas.

En su parte más alta, nuestro amigo Nevado tiene aproximadamente 4550 metros de altura sobre el nivel de mar y es uno de los diez volcanes más altos de México. Cuando lo subí por primera vez fue en un día del mes de diciembre del 1981; en ese entonces era un seminarista de la congregación internacional de origen alemán llamada Misioneros del Verbo Divino,
pues mi sueño favorito en aquella época era ayudar a los más necesitados en algún pueblo de África; sueño que cambié por otro sin olvidar a África (pero esa es una historia diferente a ésta). En ese entonces, todo el camino recorrido a pie estaba cubierto de espesa nieve y no sólo la cima; además, los copos de nieve llovían para levantarse en múltiples estrellas dentro no sólo en mi imaginación. Sí, la sensación al ver la nieve fue como experimentarme frente a un ser magnífico invocado para hablarle y decirle ultimidades. Y así fue: la nieve me habló y junto con ella recordé al tigre del cuento “Las Nieves del Kilimanjaro” de Ernest Hemingway a quien comencé a leer en mis años de Secundaria. El epígrafe de ese cuento expresa:

“El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5895 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre es, en masai, «Ngáje Ngái», «la Casa de Dios». Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas”.

He mencionado el epígrafe con el que inicia el cuento de E. Hemingway debido a que éste condensa parte de mi experiencia al subir una montaña elevada: la necesidad de abandonar algo para levantarme más allá de la lógica del horizonte de mundo. Siguiendo esta estrategia, trazada por el corazón, llegar a una cima se vuelve inicio de algo nuevo. Con lo anterior no quiero decir que en los caminos vaya con el alma puesta en el grito; no. Aunque alguna vez subí una montaña no sólo con el alma puesta en el grito; desde los años ochentas asumí que en el camino también se encuentra la llegada. Por lo tanto –gracias a la vida-- aún conservo la capacidad de convertirme en pino, encino, oyamel, junípero; puma, coyote, piedra, león, halcón; etcétera, etcétera.

Conservando esa capacidad y habiendo recuperado mi fe en el infinito (prefiero decir infinito para nombrar a Dios y en franca coincidencia con la filosofía de Emmanuel Lévinas expresada en su obra Totalidad e infinito) después de haber pasado por un tiempo amargo de vacío espiritual (sin que esto quiera decir que yo Martín Mérida sea cucaracha o ratón de templo o iglesia; pues más que nunca, detesto los pensamientos totalizadores que pretenden imponer a los demás sus creencias) y de haberlo llenado con un infinito que nunca será como el hombre serio descrito por Antoine de Saint-Exupery en su libro que es en verdad un poema: El Principito. Así: ¡El gusano del miedo puede irse de manera sobrada y soberanamente a la chingada! ¡Y me importa menos que un pepino lo que piensen de mí los sacerdotes y sacerdotisas de la civilizatoria mansedumbre!

Desde mi infancia suelo subir montañas como recalcitrante necesidad de lo que la vida está haciendo de mí mismo. En esas experiencias la naturaleza me ha dado
regalos en sus sorpresas. Se trata de experiencias que, sin duda, poco a poco iré desenvolviendo porque hoy se trata de escribir sobre el Nevado de Colima y de quienes me han acompañado hacia ese volcán. En efecto, después de 1981 realicé dos subidas más a esa legendaria montaña con mis antiguos estudiantes de la Universidad del Valle de Atemajac (subidas cuyas historias relataré en otro partir de un tajo al tiempo). Luego, en el 2008 volví a subir el volcán junto a mi amigo francés Julien Collado quien es un magnífico viajero.

Subir el Nevado, caminando desde el poblado llamado El Fresnito habiendo pernoctado en Ciudad Guzmán fue una decisión repentina en un día de abril. La realidad abriendo su magia nos ofreció en el trayecto regalos de sopetón y otros a descifrar. Sólo unos días antes acabábamos de correr un medio maratón y los constantes entrenamientos para participar también en maratones completos, nos dieron la confianza de estar en condiciones para efectuar el recorrido. La experiencia de subir el volcán nos proporcionó descubrimientos particulares (por supuesto) y otros compartidos como cuando después de caminar más o menos cinco horas y media nos dio alcance un ciclista conduciéndose a pleno vuelo y quien al detenerse, junto a nosotros, se quitó el casco y, para nuestra sorpresa, se trataba de un señor más duende que señor y era una existencia entrada en años, pero en excelente forma física. Luego-luego supimos que se trataba de un campeón de ciclismo en pleno entrenamiento. Debo hacer una pausa aquí para decir que si a uno se le pega la gana y se tiene suficiente condición física, se puede subir en bicicleta (si se cuenta con una buena bicicleta, claro) hasta donde esta proeza ya no es posible, pues en los últimos kilómetros uno se encuentra con el desafío de trepar si se quiere sentir la satisfacción de llegar a la cima.

El señor más duende que señor se despidió diciendo: “Mi destino hoy no es tocar cima de volcán sino llegar a La Joya: entrada al Parque Nacional y parque ecológico”. Si a nosotros nos faltaban más o menos tres horas para llegar a La Joya; al más duende que señor le esperaban dos. Así, considerando que del Fresnito a La Joya se realizan ocho horas a pie y en bicicleta se efectúan siete, pueden comprender mi admiración por este héroe venciéndose a sí mismo y volviéndose cada vez más duende, pero no de los que realizan estupideces.

Cuando arribamos a La Joya nos anunciaron que quizás, al llegar a Las Antenas (en Las Antenas como ya sabemos se han alcanzado ya 4000 msnm) los encargados de protección civil no nos dejarían subir hasta la cima de El Nevado debido a los vocablos de humo arrojados por el hermano de El Nevado: El Volcán de Colima que está más o menos a cinco kilómetros de nuestra montaña en cuestión y quien en 1872 dejó de estar apagado y hasta la fecha no ha dejado de mostrarse con ese tipo de actividad que a veces desprende palabras peligrosas de asustar. Esa manera de proceder de este temerario amigo la ha dado la fama de ser el volcán más hablantín de México sin necesidad de tener un título en Lingüística.

Al llegar a Las Antenas buscamos a los de Protección Civil, pero en la caseta donde debimos encontrar a estos señores sólo había un radió encendido balbuceando la mismicidad. Al no hallar ni siquiera a fantasmas de civil protección, nos supusimos sin riesgo y tomamos la decisión de subir hasta lo más alto: al cráter que no es-- evidentemente-- la parte más alta, pues hay picachos que lo sobrepasan. A la mitad de ese último tramo nos dieron alcance unos jóvenes alpinistas estudiantes de la UVM (Universidad del Valle de México) que se nos unieron y con quienes ya en la parte más elevada celebramos la alegría de estar ahí (sobre esta alegría escribiré otro día; por supuesto).
Tercera parte.Además de mi trabajo como poeta y escritor y toda la magia estratégica que uno debe realizar para serlo tal como leer lo más que se pueda y desbaratar el tiempo de las imposiciones; en la actualidad me desempeño de manera profesional como profesor de Ética en el Tecnológico de Monterrey, campus Guadalaajara (en otros tiempos he impartido cursos relacionados con la Literatura y horizontes otros de la Filosofía); pero quien he estado eligiendo ser, tiene otras actividades a nutrir con recalcitrante sed: me experimento siendo también deportista, me gusta el montañismo, la música, la fotografía, el cine. Y me encanta la amistad; pero jamás aquella de los “amigos” por utilitarismo.

¡Ah!.. Me emocionan los animales tanto como bailar. Y me rete-gusta leer como viajar y ver cine. Y la vida, la vida… Y ser montañista me brotó de manera espontánea tal vez porque no en vano la montaña El Malé ubicada en la Sierra madre de Chiapas me
hablaba y me guiñaba un ojo en mis primeros años de tener mundo. Visitar en lo más alto a ese viejo amigo fue unos de mis primeros reconocimientos de que yo había nacido para la aventura y la exploración y no para estar sentado contando a las estrellas sin amarlas y, por lo tanto, dejando de viajar hacia ellas como le pasa al hombre serio y de oficina citado en el libro “El principito”. Porque al final nos convertiremos en cadáveres y si hay otra vida, la quiero para viajar.

--¿Y de qué sirve poseer las estrellas? --preguntó el principito.
--Me sirve para ser rico.
--¿Y para qué sirve ser rico?
--Para comprar las estrellas que alguien encuentre.

¡Vaya pensamiento del hongo-hombre serio de oficina! ¡Allá muy él si quiere vivir su paso efímero sobre la tierra sin saber lo que es amar a las estrellas! Porque de
pronto todo es estrellas; tan es así de lo que aquí vengo relatando que hace sólo siete años El Malé, la estrella montaña que sobresale en mi ciudad de nacimiento, me hizo escribir una novela que el CECA (Consejo Estatal de la Cultura y las Artes) Jalisco publicó y se llama “El poeta y el niño de la piedra”. Mencionar todos estos asuntos obedece a que durante el reciente curso de verano sobre Ética que impartí durante los precipicios de mayo, pasando por las veredas de junio y desembocando en las linderas de julio de este 2011, invité a mis estudiantes a suspender los caminos civilizatorios de más de lo mismo, para ir hasta la cima del Nevado de Colima. Si a estas alturas alguno se pregunta (no sé si con razón): ¿Y cuál es la relación de tu curso de Ética con subir una montaña?... Para responder, primero respiraré de manera profunda; después, realizaré la aclaración: No soy un profesor de impartir Ética ni desde alguna mirada totalitaria ni a partir de algún proyecto de vida a imponerse. La Ética que imparto es cívica y por lo tanto laica. Ética cuyo fondo es el triple enlazamiento, como bien lo enseñó el filósofo Paul Ricoeur, existente entre el cuidado de sí, el respeto y la justicia. Horizontes cuyos cimientos son los Derechos humanos. Ética-casa de paredes, puertas universalizables: libertad, igualdad y solidaridad. Ojalá y sea suficiente con lo aquí dicho, pues no pretendo en este viaje ponerme en el papel de profesor, pues con las consideraciones realizadas creo haber transparentado que no hay moralina en la impartición de mis cursos y mi granito de arena consiste en persuadir a la reflexión para convertirnos en ciudadanos activos para cambiar en lo que se pueda la máscara triste-horrible de este mundo. Pero si todavía persiste la pregunta sobre la relación de subir una montaña con mi curso de Ética, pues aquí van mis últimas respuestas: mi invitación a ir a la cima del Nevado de Colima está fuera del paquete curricular predispuesto con sus claves lógicas para el curso. Si invité fue porque con cierta frecuencia persuado (persuadir no es imponer) a ver lo que encuentro como más que importante más allá del pan de lo mismo. Invito, con la seguridad de que siempre habrá personas con sueños afines a los míos. Por otra parte, la acción de subir una montaña está súper-enlazada con la Ética porque, sin tanta humareda ni mierda abstracta (la expresión mierda abstracta es de mi amigo Octavio paz, pero aquí se la pido prestada) el reto exige encender la capacidad de vivirnos de manera tan responsable como solidaria; porque subir una montaña no es deporte de competitividad para convertir en Dios del Olimpo a quien llegue primero o a quien en una oficina debe tocársele la puerta como si fuera omnipotente. Porque cuando se es verdadero montañista uno sabe reconocer, de manera sobrada, que sin los gestos solidarios de sus compañeros, difícilmente se llega a la cima. Pero si alguien sube por razones narcisistas (también se vale estar enfermo, pero es necesario detener al enfermo de atropellar a la gente) jamás puede decir que amó a la montaña y, por lo tanto, ni cabe duda, a individuos con esta característica la montaña no le dirá nada y tal vez sea mejor que permanecieran en los sillones de los domesticados si van a acarrear su domesticación a lugares donde se trata de sentir y ver más allá de la lógica de dominio. Y si alguien quiere bajarse de la mierda abstracta a lo concreto en términos éticos, un camino es subir una montaña porque conocerá –si está dispuesto-- sin superficialidades ni naderías a sus compañeros de viaje. ¿Serán suficientes estas razones?... No por nada escribió un filósofo: “Vamos a la montaña no para escapar de la realidad sino para adentrarnos en ella”. En resumen, si alguien caricaturizó a un montañista desde la histeria del mundo que incluye a algunas profesiones. Recomiendo no olvidar el consejo: “no se debe de hablar de lo que no se conoce”. Pero si hablan.. . ¡Qué hablen cual vocingleros sin sustancia!: ¿A quién le importa?.. Porque una cosa es arribar a una cumbre política, económica o profesional pasando por encima de los demás o siendo un arrastrado mojigato. Y –muy otra-- es el espíritu del montañismo que bien nos puede enseñar a llegar a cualquier cumbre con y para los demás. Expresión esta última en consonancia con la más que extraordinaria definición de Ética expresada por Monsieur Paul Ricoeur (que no sólo descansa en paz, pues su corazón es de fiesta): “Anhelo de vida realizada con y para los otros en instituciones justas.”

Llegué al curso de verano como un advenimiento y no por el pago señores (un ir a lo que viene como me lo remarcó un día mi extra-or-di-nario profesor de Filosofía: Enrique Dussel) hacia lo nuevo; porque lo más importante en mi labor docente es lograr el espacio libertario para que el otro (en este caso el otro es el estudiante y a su vez yo soy el otro) se muestre en su alteridad y sienta que lo aprendiéndose tiene que ver con su realidad concreta; porque para naderías es superior hasta una malísima película sobre la que se puede seguir hablando. Sólo de esta manera mi labor pedagógica pretende convertirse en un granito de arena para dar respuestas a problemas desde donde nos aprieta el zapato (Gracias Monsieur Enrique Dussel por abrirme más los ojos a lo de actuar a partir de realidades concretas). Gracias a esta perspectiva fui viajero al país del rostro del otro (para el filósofo Emmanuel Lévinas el rostro del otro se define como el heme aquí “yo soy aquel que, “este ser expuesto. De esa exterioridad emana la Ética. No se debe equiparar el rostro con la mera cara. La cara no es el único rostro). Los rostros de quienes me acompañaron y acompañé al Nevado de Colima es justamente la historia particular de cada uno. Dejaré expuestas aquí algunas características de mis geniales compañeros de ir hasta la cima (no evidenciaré aquellas que ellos no quieren hacer público porque lo hacen por grandeza y no por lo que degrada) sin pretender devaluar aquí, por supuesto, la importancia de quienes prefirieron quedarse en nuestro refugio de La Joya que es también otro modo de llegar:

Shizuka Fujiwara quien estudia en la universidad de Kansai Gaidai del Japón y con quien coincidí por nuestro amor al libro escrito por Antoine de Saint-Exupery: “El principito” que no es una lectura blandengue sino la historia del niño que no puede ser en el mundo de los adultos de estupideces (los señorcitos). Shizuka toca la guitarra y ama el cine. Vino al TEC de Monterrey por un año para seguir aprendiendo lengua castellana y tomar el curso de Ética conmigo. Durante la parte más difícil de la subida; parte donde hay que trepar, mostró coraje, buen humor y valentía. Al conocer a Shizuka supe que ella encarna todo lo que se ha dicho sobre el cosmopolitismo ético; pues ser un verdadero cosmopolita significa tener una profunda capacidad de aceptación y compresión de las diferencias culturales. Un cosmopolita ético conoce y ama de manera enraizada a su propio país, pero sabe que su país no es el ombligo del mundo; pues ser ciudadano del mundo (como lo explica de manera sobrada no sólo doña Adela Cortina --¡Por favor!-- quien es también una filósofa) implica desplegar las alas con tolerancia activa para aprender más que lo vivido en la propia casa. Shizuka no sólo sabe viajar de manera real sino también vicarial, pues es apasionada lectora de libros de horizonte literario.




 Esteban Larrinaga Robles es una persona desbordando alegría serena, como río de agua profunda y  transparenta, al expresarse, creatividad, libertad, espontaneidad e inteligencia ética, entre otras inteligencias. Expresiones de develar alas  jamás truncadas. Actualmente Esteban estudia en el TEC de Monterrey, Campus Guadalajara,  la carrera de “Animación y Arte Digital.” Carrera sosteniendo en la parte central de su justificación que los medios tecnológicos interactúen para que el ser humano se exprese. Y, Esteban sabe utilizar sin cortapisas estas dimensiones dadas a la tecnología. Esteban es senderista, montañista y aventurero de corazón (tal vez sus neuronas empáticas adquirieron estas pasiones al observar las propias de su padre ante lo intrépido) y su amor por la música lo ha hecho tocar el piano entre otros instrumentos. En este rubro, es importante subrayar su pasión por el cine; horizonte sobre el cual siempre tiene magníficas referencias y recomendaciones. Al igual que quien aquí escribe, Esteban cuenta con experiencias límite como la de un fuerte accidente (desde un automóvil). Experiencia de proporcionarle el regalo de volverse más árbol con los árboles y más tierra con la tierra entre otras realidades dentro y más allá de la lógica; por ejemplo. De que nuestro amigo es un corazón abierto a los demás; ni duda cabe. Su personalidad no tiene trabas y esta característica  también lo ha vuelto un cosmopolita-ético. En efecto, como prueba de ello cuenta con la experiencia de haber  realizado un intercambio académico en Canadá cuando cursaba sus estudios de secundaria. En ese país, al que en un poema gusté decirle país con sabor a nieve de guanábana, Esteban hizo verdaderas amistades y fue ahí donde comprendió cómo la grandeza de desplegarse como humano traspasa cualquier frontera, pues  haber estado en otro país nos es –ni en sueños—un piso desde donde los imbéciles se agarran para presumir, sino y sobre todo: el haber vivido en territorio extranjero ha sido, para la experiencia de Esteban,  un aprendizaje de ampliar más su mirada sobre cómo saber convivir con respeto y compromiso ante las diferencias.


Héctor de la Torre se manifiesta ahora como estudiante de Arquitectura que sabe de manera sobrada que esta carrera no debe nutrirse sólo de paquetes de estudios universitarios. Su corazón-arquitecto le induce a aprender de las montañas, del mar y del viento. Es una persona segura de sí y esta manera de estar siendo le ha hecho dominar varios deportes. Héctor es gran viajero internacional y se planta con seguridad para esquiar tanto en el mar, el viento y en la nieve. Y subir las montañas le late tanto porque siempre quiere ver qué hay más allá. Héctor no retrocede ante las sombras; antes bien sabe disfrutar del camino reforzado por su temperamento cifrado en la confianza. Cuando nos cayó la noche en El Nevado, no se amedrantó; antes bien, se puso a aprender de la noche. Héctor es un corazón que viaja hermanado con las estrellas.

José Mario Acosta Tamez: sabe integrar de manera profunda los significados personales y privados de los otros como si fueran propios; es decir, es una persona empática por naturaleza y esto le ha hecho estar cursando la carrera de Ciencias de la Comunicación. José Mario está enraizado en un genuino espíritu explorador y esta pasión lo vuelve un creador de descubrir genialidades que después invita a compartir. Su tranquilidad transparenta su corazón festivo y no quiere vivir sino lo que deja verdadera huella. José Mario defiende la libertad y odia que la gente no quiera hacerla brotar en cualquier espacio. En el viaje hacia la cima del Nevado no dejaba de admirar el entorno que le respondía de maneras sorprendentes.

Corazón halcón no es lo que tú quieras que él sea. Él es él, pero su alegría crece al aprender lo que desees compartirle. Por su parte, sus neuronas espejo aman realizar esa estrategia que también tú realizas para devenir mejor que bueno (pero, hay que subrayarlo: Corazón halcón no está del todo gobernado por sus neuronas espejo; él obedece al infinito al que suele decirle: Amigo). Se dice que algunas águilas y gaviotas, aunque sea en contra de su propia bandada, le siguen aprendido el secreto de sus vuelos finísimos; él sigue realizando lo mismo al aprender no sólo de águilas y gaviotas sino también de seres aparentemente inanimados como las piedras y, esto último, a veces muy en contra de su propia bandada. A corazón halcón le gustan las relaciones simétricas. Pero, a pesar de ir en contra de su naturaleza, trata como quieren ser tratados los asimétricos en términos de quienes creen ser la mamá de Tarzán (al expresar el término asimétrico no se hace aquí en expresiones del eticólogo John Rawls; ni mucho menos). Lo demás que se pueda decir sobre esta ave tan migratoria como estacionaria y que es más ágil que lo ágil, se trata de teorías científicas a considerar. ¿No?


Y por último en el ahora de este relato, les comparto el poema incluido en mi libro "El milagro de tu voz distinta" que el ITESO me publicó en 1999. © Derechos Reservados.

Transfiguración



Señor que estás en el sin tiempo


Y cuyo espacio es también tu cuerpo:
¡Son urgentes tus manos!

Aquí hay flores jamás interrogadas
El halcón es el viento que llama
Verde es azul que nos ampara
La noche festeja con el sol
El día con la luna
La tierra baila

Amo tus piedras saltarinas
El país de tu mirada
El color de tu risa en flor de manzanilla
Tu corazón niño que juega con la lluvia
Tus palabras no se prostituyen
Ni tu padre se parte entre partidos

No quiero regresar Señor:
Déjame en tu montaña

En la ciudad
abandonado el mar nos abandona
Y desploman al sol en la basura
Políticos brindan con sangre de Dios muerto
Mientras hacen fortuna pisoteando a los mendigos

No quiero regresar Señor:
Déjame en tu montaña

6 comentarios:

Nicanor Arenas Bermejo, palabrista dijo...

Después de leer estas líneas quiero aprender tanto de Corazón halcón como sea posible. Nunca imaginé que subir una montaña pudiera representar un viaje tan inmenso no solamente en distancia, sino en conocimiento. Por supuesto, intuyo que una compañía adecuada influye bastante para obtener de la travesía lo más posible, así como una actitud dispuesta a mirar las cosas con ojos distintos. Definitivamente, jamás quiero ser como el hombre serio que se encuentra El principito tras su escritorio. Las palabras de este post me animan a ser más, a descubrir ese guiño latente en las piedras y los árboles, en el otro.

Gracias Martín, saludos desde la hoguera

María José P dijo...

Me encanta poder escuchar alguien hablar de mi paisaje favorito, el que muchas ma;ananas aun tengo la dicha de mirar y ver que sigue ahí, alguien que describa el cielo de miles de mis tardes; y me gusta aun más, el saber que ese alguien le tenga tanta admiración a aquello a lo que yo sé es parte de mi hogar y que escriba de aquel lugar como sí también perteneciera a él.

María José

Anais Bolaños dijo...

Lo que más me gustó del texto es cómo las cosas ordinarias, la ve de una manera diferente. También que fue mucho el aprendizaje, ya que fueron un equipo comprometido.
Pienso que valió la pena el riesgo, el frio y todo lo demás, cuando finalmente llegaron la cima.

Ana Isabel Bolaños A.

Jaime dijo...

Martin, que experiencia tan enriquecedora vivio. Siempre es un gusto leer buenas historias y creo que esta no es la excepción. Si algún día quizá la oportunidad existe, será un placer acompañarlo en sus viajes a descubrir el mundo a través de los ojos de una montaña,

Jaime S.

kari Blanco dijo...

Martín, al leer estas líneas sobre su experiencia en diversas etapas de su vida como "montañero" me puedo dar cuenta de la complejidad del título de su escrito; corazón de halcón. Me encanta la filosofía de vida que plantea y que evidentemente, rige su vida en la que subir a la montaña no significa escapar de la realidad sino adentrarse en ella; alejarse de toda la "mierda abstracta" y cosmopolita y enriqueserce del continuo reto personal que supone subir una montaña así como experimentar la solidaridad en su máxima expresión totalmente polarizada del narcisismo. Me encantó haber leído su experiencia que cuenta con tanta pasión y certeza, sobre todo la tercer parte en la que el viaje a la montaña toma un sentido ético. Me encantaría poder vivir la experiencia de subir una montaña como lo es el Nevado de Colima y poder experimentar en carne propia lo que sus líneas describen.

Karina Blanco

Lucía Torres dijo...

Que increible experiencia debe ser el poder realizar una aventura de este tipo desde la perspectiva de la belleza y el arte. Gracias por compartirla con nosotros, conmigo...
Debo admitir que no soy mucho del tipo de escalar, pero sí me encanta leer, y encuentro fascinante el poder "vivir" una experiencia como esta desde sus palabras.
Saludos!