sábado, 11 de septiembre de 2010

Los jóvenes huéspedes de la Lectura







Dedico este escrito a mis estudiantes de Ética, persona y sociedad; materia que imparto, entre otras, en el Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara.




Si de pronto me atreviera a decir que son jóvenes quienes más leen, con toda razón se me podría refutar: Martín: entonces comprueba con estadísticas cuántos son lectores de los 33 millones 634 mil 860 jóvenes entre 12 y 29 años de edad (1); de los cuales sólo el 46% se encuentra estudiando. Juventud que constituye el 34.5 de 97.5 millones de la población total de mexicanos. (2) Y ante este argumento sólo diré: Señores, no me estoy refiriendo a los “jóvenes” de edad cronológica (al final de cuentas como reza el proverbio: “Nadie es demasiado joven como para no morir mañana ni demasiado viejo para no vivir un día más.”) Por lo tanto, al menos desde la perspectiva que vengo aquí dando a luz, no cuenta efectuar estudios sobre cifras de asegurar que en mi país no son muchos los lectores. Desde este horizonte pido permiso para continuar diciendo: son jóvenes quienes más leen en el mundo entero. Pero, intuyo: no hay muchos jóvenes en mi planeta. Y habiendo dicho lo anterior ahora me atrevo a aseverar: son jóvenes quienes más leen en nuestra patria donde escuchamos con cierta frecuencia: somos un país donde se lee muy poco; a cada mexicano le toca medio libro. Imaginen lo absurdo del mensaje sobre el medio libro. ¿Acaso nos están diciendo demediados?.. Aunque este mensaje de imperiosidad cualitativa me deja anonadado, en mis recuerdos no aparece la imagen de algún agente sugiriéndome llenar una encuesta sobre números de libros leídos; ni a mis conocidos. En efecto, muchos de mis conocidos, ante tal afirmación con toda razón se enojarían, pues no sólo son lectores de grandes filas de libros; sino que también son coleccionistas de volúmenes a leer en el pasado presente y en el futuro presente. Otros saltarían de gusto: “Ah, benevolentes estadísticas: ¡Qué me ha tocado medio libro yo que nunca he leído uno solo!” Aunque también es cierta la existencia de quienes remarcan con vanidad de lo estúpido haber leído ciertos libros, como si los demás hubiéramos venido al mundo a hacerle al tonto. Debido a las abrumantes afirmaciones con números aquí referidos, de pronto por ahí aparecen carteles de mal gusto con la imposición: ¡Lee!; aunque también los hay con la gentileza de la persuasión; y esos sí podrían despertar el mar de la admiración y, como consecuencia, las olas del agradecimiento. Porque es absurdo llegar con imposiciones a corazones en defensa de sus derechos y, en efecto, existe el derecho a no leer como el legítimo derecho a dormir; pues nadie se hace del todo ciudadano del país de la lectura mediante imposiciones como tampoco alguien puede asegurar ser joven si rehúsa hacerse de energía y frescura para desbaratar las trampas manipuladoras para no descubrirse en libre acción hacia la consecución de proyectos de meterse en páginas desconocidas. Vistas así las cosas, se tendría que realizar un análisis de otro género para darnos cuenta de cuántos son auténticos jóvenes del porcentaje de la población encajonada como adulta, y tendríamos que contar cuántos viejos hay en ese 34.5% de la población decretada con el grandilocuente título de joven. Desde esa perspectiva, el territorio de la juventud es sobre todo una actitud (una actitud y una conquista) y no una suma de años. Sobre esta temática escuchemos un fragmento de una joven-antiquísima carta del filósofo Epicuro a Menéalo: “Nadie es demasiado joven o demasiado viejo para cuidar su alma (…)" (3). Estoy convencido que leer nos cuida. Leer es una expresión libertaria y ser buen lector es una actitud liberadora cuya frescura nos hace recordar la vigencia de las verdaderas rebeliones con fuerza utópica cuando, con asombro, pese a tanto pesimismo y derrumbamientos, descubrimos que éstas se convierten en realizaciones (en topías) aunque a veces nos parezcan un granito de arena o un vaso de agua en el desierto. Leer es, además, un llamado a ser capaces de convertirnos en signos de aquello más humano en que creemos. Por ello, repito: no todos los de menor edad son jóvenes y es admirable quien, aún con más de cien años, muestra la jovialidad de un espíritu lleno de curiosidad al atreverse a darle vuelta a páginas (no sólo de los libros; por supuesto) que ya no le serán desconocidas. Después de haber explicado mi creencia en que son los jóvenes quienes más leen, ahora estoy en condiciones de decir: no son muchos quienes leen con la misma pasión de quien ama los cambios. Y no sólo por el goce y beneficios implícitos en ese admirable acto sino y, sobre todo, para hacerse de un fuerte escudo contra cualquier manipulación y adoptar, por consiguiente, una actitud de hacer valer los derechos ante la nadería de pretensiosos arrogantes que podrían atreverse a tratarnos como vasallos. Dicho escudo nos crecería como al árbol las alas, pues leer es sobre todo una hermenéutica, es decir y como alguna vez expresó el filósofo Paul Ricoeur: leer es sacar a luz lo oculto.




Durante siglos el tema de la lectura ha persuadido a dedicarle muchas páginas y, para el colmo de quienes odian semejante temática, se seguirá hablando de ella; pues leemos, luego existimos. Pero la lectura de libros, en específico, se ha vuelto para muchos de sus enamorados como la dama a rescatar después de pelear contra duendes, demonios y dinosaurios; mientras para otros es como una especie de santo Grial cuando es admirable la lucha por su obtención; realidad intolerable ésta si se lee lo que cuesta pagar por comer y vestir. Porque primero se deben satisfacer las necesidades primarias dijo el sosegado sabio Maslow. No obstante, aún hay ediciones no tan caras y existen generosas y simpáticas bibliotecas que dan prestados los libros para ser llevados por un tiempo a casa. Así, muchos atrevidos pospondrán la satisfacción de alguna necesidad para tener en sus manos la presencia añorada. Pero, no quiero engañarme: en nuestro país existen quienes no tendrán nunca acceso a los libros; se trata de aquellos quienes a pesar de padecer pobreza extrema, con sus vidas leen y escriben páginas invaluables porque tienen hambre y sed de justicia. Aunque reconozco ámbitos donde quien nada tiene en términos materiales se deja llevar por una conciencia alienada hasta sucumbir en la degradación. Y existen círculos de lobos rapaces: son los alienadores que solo leen su propia demencia en el espejo donde nunca se han atrevido a mirar su monstruosidad. Pero, todos somos lectores, sostengo lo dicho, Sí, existe el horizonte de leer más allá de las letras; incluso desde perspectivas místicas. Ante el develamiento de ese horizonte desconocedor de la sin razón de las diferencias sociales: verdades y mentiras enmudecen. A este tipo de lectura hizo alusión Alexander Solzhenitsin cuando se le iluminó el rostro y de sus labios brotaron palabras para llenar un escenario con el silencio armonioso del agradecimiento; mientras la vida le otorgaba el Nóbel de Literatura: “Hay cosas que nos llevan más allá del mundo de las palabras; es como el espejito (diría también Alicia mirándose en el espejo inventado por Lewis Carrol) de los cuentos de hadas: se mira uno en él y lo que ve no es uno mismo. Por un instante miramos lo inaccesible, por lo que clama el alma”. Los cerdos, al menos que alguien les quite el mal encantamiento, no podrán nunca mirarse en ese espejo.




En términos de lectura literaria y para sorpresa de aquellos oficiantes de la muerte del texto, visto como novela, ésta se sigue escribiendo con más energía incluso por quienes alguna vez afirmaron su desaparición. Umberto Eco es ejemplo concreto de quien le nacía una novela asombrosa no tan lejos del tiempo cuando creía muerta esa forma de texto. Recordemos "El nombre de la rosa" que en estos momentos brota como un recuerdo guardado por mi inconciente para reafirmar mi creencia en que son los jóvenes quienes más leen. ¿Acaso en esa historia no un viejo se impuso la tarea de prohibir, a los curiosos jóvenes monjes, leer el “Tratado sobre la Risa?” Tratado según esa historia, atribuido a Aristóteles. ¿No envenenó, pues, ese ser anquilosado las páginas de ese libro por poseer un espíritu reducido a la necia creencia de tomar a la risa por insana? ¿No es esa parte de la narración del escritor italiano una metáfora de lo que en nuestra sociedad sucede?.. Al reino de lo viejo le importa, sobre todo, reducir nuestra capacidad de lectura y esa manipulación (en gran medida de carácter comercial) ejercida sobre las conciencias; es lo mismo que poner veneno en páginas posibilitadoras de libertad. El reino de lo viejo al darnos gato por liebre proyecta orientar nuestros gustos a pretensiones iguales a cadenas. Para el conocimiento de aquellos que nos sorprenden con declaraciones sinceras tales como a mí no me gusta leer: todos podemos ser lectores y de algún modo, todos somos lectores aunque unos leen más y otros apenas se atreven a pesar de no tener atadas las manos. Unos leen con tanta profundidad que parecen pozos de sabiduría o surtidores de estrellas desconocidas (estos son los más jóvenes) que luego se ponen sobre el horizonte, cual estrellas inspirando a ser magos. Otros leen como burros tras la noria pues, por más que leen, son burros que no devienen caballos. Uffff: hay quienes (los que han sido reducidos a la ingenuidad o han optado por ella) leen mientras duermen lo impuesto por programas manipuladores diciéndoles hasta en el subconsciente: ¡No vales nada!. Y estar ciego (no el ciego refriéndonos a quien tiene ojos y no lee) nos puede predisponer a ser mejores lectores; dan ejemplo de ello Borges y el mismísimo Heráclito de Éfeso.




Son ejemplos de textos a leer: un rostro, una piedra, un paisaje, una inscripción con jeroglíficos; los textos literarios, el lenguaje matemático, el silencio, el agua, etc. Ciertas lecturas sobre el rostro llevarán a decir que un ser humano es una cosa a manipular hasta matarlo (¿acaso no es fácil comprobarlo en el ahora) o a mirar en la profundidad de unos ojos el misterio inalienable. Pero en este escrito pretendo resaltar la lectura de textos literarios en el entendido de que esos textos son países que, además de proporcionarnos diversos placeres, nos ayudan a mirar más allá de nuestras narices y para darnos cuenta, mediante sus ritmos y contenidos, de un cúmulo de emociones y sentimientos sobre realidades en cualquier parte de todos los mundos posibles e imposibles. Además, el texto literario entendido como narración y hospitalidad (4) hace hablar a aquellos que no tuvieron derecho a decir su última palabra ya sea porque fueron conducidos a los hornos crematorios con engaños o porque se les mató bajo cualquier otra forma de tortura y porque ese tipo de texto pretende lograr, en los lectores, una conciencia destruidora de fronteras para que Aushwitz no se repita; aunque se ha repetido con nuevas y diabólicas formas de tortura debido a la estrechez de conciencia o porque --quizás-- se nos ha hecho creer que lo sucedido a otros seres humanos no es de nuestra incumbencia como si el sol no naciera para todos. Voy a detenerme, pues, en el horizonte del texto como Narración y hospitalidad y, al hacerlo, me experimento como llegar a una estación en la gama de posibilidades de los viajes ahí impresos. Horizonte estación que escojo para ponerme un límite en todo lo que quisiera expresar y para no cansarte, lector compañero en el viaje de esta vida .




El horizonte Narración y hospitalidad bien pude servir como una pedagógica a reflexionar (como nos sugieren los filósofos F. Bárcenas y Juan-Carles Mélich en el libro La educación como acontecimiento ético: natalidad, narración y hospitalidad --op cit--) las relaciones entre los humanos después de Auschwitz. Temática hospitalaria de gran importancia para espíritus jóvenes ante la inmediatez posmoderna cuya ola de crímenes masivos está a la orden del día. Crímenes reales o simbólicos donde la mayoría de los asesinados o son niños (as) o son jóvenes. En esta perspectiva hay un mar de lecturas literarias que hacen hablar a las víctimas. Son ejemplo de ello la novela de José Saramago, "todos los nombres", Madrid, Alfaguara 1998 y la narración "El hombre en busca de sentido" de Victor Frankl que circula como una rosa en preparatorias y universidades gracias a la recomendación de comprometidos profesores en territorios de la de Ética y/o de Desarrollo Humano. En la primera narración habla quien no pudo estar presente para contar su tragedia y en la segunda, el autor –sobreviviente de los campos de concentración—reflexiona no sólo sobre el sufrimiento propio y de su búsqueda de sentido; sino del sufrimiento de quienes no pudieron salvarse del horizonte fraticida. De alguna manera casi toda la gran literatura es ejemplo de narrativa que da hospitalidad, aunque no hable directamente de los supervivientes del holocausto de Auschwitz o no haga referencia a las víctimas de esa masacre; pues toca nuestros sentimientos ante nuevas matanzas reales o simbólicas y nos previene de lo que no debería pasar al mostranos personajes en las distintas facetas de las realidades del mundo. Ante esto, no nos es ajeno aquello de que en gran parte de la Literatura antigua, moderna y posmoderna, se habla de la fragilidad de todo lo negado. De la antigüedad recordemos La tragedia de Edipo, el desterrado. O el texto cifrado en nuestra época sobre la muchacha negada en esa sencilla y profunda novela "El amor y otros demonios" de Gabriel García Márquez; entre un mar de posibilidades; por supuesto. Es indudable que la literatura da techo al desamparo; cualquier joven tiene ahí un lugar para ser hospedado. Y de la poesía no se diga. La poesía es fuerza que mira y siente realidades aún las más desencarnadas. Dan ejemplo de ello tantos locos-lúcidos-venturosos de agridulces profundidades: Thomas de Quincey, Baudelaire, Poe, Borges Cernuda, Zukofsk, H.P. Lovecraft; entre otros poetas guerreros de defender un ahora sentenciado de muerte. Poetas que, para contribuir al cambio de la reptilinia animal sentencia donde domina el más fuerte y, a pesar de sorprendentes riesgos, advirtieron sobre la inmediatez de la geografía del derrumbe y herencia de siglos de vivir desprotegidos.




Para finalizar este escrito dejo aquí dos partes de una entrevista donde hablo de mi amor por la Literatura.




Entrevista. Parte 1





Entrevista. Parte 2





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(1) Si se está de acuerdo con la ONU, es joven toda persona que se encuentra entre los 12 y 29 años de edad; por mi parte, no estoy de acuerdo. (2) Datos de acuerdo al XII censo de población realizado por el INEGI. (3) Fuente: R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos. Edad Antigua. Barcelona: Herder, 1970. (4) Para profundizar en la temática sobre hospitalidad narrativa, vid: Derrida, Jacques: La hospitalidad /J. Derrida, A. Dufourmantelle; tr. y pról. de Mirta Segoviano.. Buenos Aires, Argentina: Ediciones de La Flor, 2000 / Bárcena, Fernando: La educación como acontecimiento ético :natalidad, narración y hospitalidad /F. Bárcena, J.C. Mèlich. Barcelona, España: Paidós, 2000/ Derrida, Jacques: Adiós a Emmanuel Levinas: palabra de acogida /J. Derrida ; tr. por Julián Santos Guerrero. Madrid, España: Trotta, 1998.