jueves, 29 de mayo de 2008

Presentación de la segunda edición de mi libro “El país de la mirada,” en el TEC de Monterrey, Campus Guadalajara.

La poeta Patricia Medina Lee su escrito a propósito de "El país de la mirada".



El 26 de febrero viví lo extraordinario gracias a que en la presentación de la segunda edición de mi libro El país de la mirada en el Tecnológico de Monterrey, campus Guadalajara, me acompañaron seres cuya presencia en los escenarios agregan aquello que San Juan de la Cruz, expresó como “un no sé qué que queda balbuceando." En efecto, entre esos seres se encontraban mis amigos del grupo Yoruba con sus tambores mágicos y Andrés Perdomo uno de mis estudiantes de la materia Ética, persona y sociedad quien musicalizó, con ritmo de Rok, mi poema "Soy un niño hormiga." Sí, después de que yo expresara ese poema, dedicado al público infantil, utilizando elementos de teatro, Andrés lo cantó al ritmo de su guitarra. Ese momento entre otros marcados por los tambores y la espontaneidad, hicieron que detuvieramos el tiempo y apareciera la sensasión de eternidad. Al respecto, son muchas mis impresiones que poco a poco iré narrando en el futuro adviniendo. Pero, por ahora y a continuación, edito aquí una nota emitida en el periódico Mundo TEC, que ilustra ese momento.


Una mirada al país de Martín Mérida
“El niño poeta no se cansa. Somos habitantes de la mirada. Miramos y somos mirados.”
Patricia Medina

POR ALEJANDRA CONTRERAS (Mundo TEC).
Se presentó el libro “El país de la Mirada” del escritor y también profesor del
Campus Guadalajara, Martín Mérida.


Martín Mérida diciendo su poema "Este es el poema león."

De manera poco convencional y entretenida, el autor se dio a la tarea de acercar a los asistentes a su país. Como inicio, la penumbra. Entonces, se escucharon tambores a cargo de dos alumnos que acompañaron el resto de la velada. Una vez encendidas las luces, Raúl de Aguinaga, también profesor de planta del Campus Guadalajara, se dio a la tarea de presentar a los dos invitados de la noche: Martín Mérida –autor del libro– y a la presentadora Patricia Medina. Raúl Llamó a la poesía como un bien preciado aunque un tanto olvidado a pesar de ser uno de los placeres que son de los que más vale la pena compartir. Instantes después, cedió la palabra a Patricia Medina. Patricia Medina, poeta y editora de Martín, expresó que ésta era la cuarta ocasión que presentaba al autor y su obra. Y, no obstante, estaba decidida a no repetir lo dicho tres veces antes. Patricia Medina comenzó entonces hablando del tiempo como hacedor y deshacedor del misterio; horizonte que va cambiando la mirada. “A veces lo ignoramos. El tiempo es memoria gráfica, es memoria histórica y la poesía es la historia de todo esto aunado a la emoción”. Dicho lo anterior, describió a El país de la Mirada como un “vaivén donde a veces somos adultos y a veces somos niños.” Fue entonces cuando Martín llevó a todos los presentes de la mano para acompañarlo en su viaje. Pronto estábamos como niños jugando con una caja de cartón preparada por el poeta: caja llena de sorpresa; caja lúdica y real como su poesía.



Andrés Humberto Perdomo, cantó el poema de Martín Mérida: "Soy un niño hormiga."

Martín Mérida de manera lúdica iba leyendo y fue así como los presentes entraron en su mundo. Fue un viaje a un lugar donde habitan un niño hormiga que está perdido en una carta y pide auxilio; seguido de un poema león y una niña que le gana la batalla. Después fuimos llevados a un sitio llenos de recuerdos de la abuela cantando una canción de Agustín Lara. Finalizando con gatos parlantes dentro de una narración extraordinaria. Andrés Humberto Mendoza Perdomo, alumno de finanzas de cuarto semestre, fue quien trajo una sorpresa más a la noche, pues se aprendió un poema de Martín Mérida y le puso música. En efecto, Andrés Humberto cantó para el auditorio el poema “Niño Hormiga” con gran aceptación entre los presentes. Al finalizar, todos fuimos invitados a un brindis para compartir vino y canapés entre conversaciones e impresiones de la velada.


Martín dice su poema "Este es el poema león" Mientras Raúl de Aguinaga ayuda sosteniendo el libro "El país de la mirada".
Raúl de Aguinaga reflexiona entorno al libro de Martín.


¡Salud, por El país de la mirada!

viernes, 23 de mayo de 2008

El mar


Cuando escuché por vez primera "Je voudrais voir la mer" de Michel Rivard, casi quedo vuelto piedra de la impresión: amedusado, pues. Y para desamedusarme necesité adquirir el compacto que incluye esa canción con sus arreglos musicales transparentando lo inefable. El nombre que unifica todo ese artístico material se llama "Un trou dans la neige" y pude hacerlo llegar hasta mis manos gracias a que Rosario Urzúa, una compañera de trabajo, viajó al Canadá y no pasó desapercibida mi solicitud de conseguírmelo.

Cuando escuché las primeras notas musicales de esa canción, acababa de arreglar los cables de las bocinas de mi computadora y una hora antes me había sintonizado con el programa "Radio enfant Ado" y di gracias a la tecnología por hacer posible una nítida transmisión desde el Québec a mi departamento ubicado en una colonia de Guadalajara, Jalisco (en verdad doy gracias en primer lugar al mar y después a la tecnología).

He escrito varios poemas al mar; algunos están publicados y otros todavía permanecen inéditos. Llevo tan presente el mar, que a cada rato lo miro no sólo en las esquinas y tal vez por aquello de que uno encuentra con frecuencia los imperativos de su pensamiento si mantiene los ojos bien abiertos. En este momento, por ejemplo, vienen a mi mente las palabras de la canción "Caresse sur l´océan" cantada por Jean Baptiste Maunier. Esa sublime canción termina diciendo:
"Calme sur l´océan"
Así, cuando la prisa me quiere sorprender, la exorcizo con frases parecidas a "Calme sur l´océan!" dándole a entender a la señora impaciencia que mi mente no quiere radicar en naderías y, más bien, está interesada en ocuparse del mar (y en esto coincido hasta con Jallil Gibran Jallil cuando dice en una de sus reflexiones que su mente no radica en el viento sino en el mar).

En 1999, en mi libro de poemas “El milagro de tu voz distinta” que me publicó el ITESO; escribí el siguiente poema al que puse por nombre

Marcha


Cuando llama de agua bajaba sobre rocas

Al quedarte pasabas

Pintora de innombrable

Y esculpiste colores en humedad de mi alma

Mujer

Todo es mar

Ni raíces ni piedras

Sólo mar

Mar morir

Mar amar

Mar matarse

Y más allá del mar

Vive el silencio

Mujer

Fluye lo eterno

Hasta ahí llega ese poema y como ya me llama el escuchar de nuevo la canción "Je voudrais voir la mer;" en este espacio dejo ese material. En verdad es fácil conseguirlo mediante youTube.




Tanto necesito del mar, que al bajar del Volcán del Tacaná en diciembre de 2007 (Tacaná en lengua Mam significa casa del fuego) lo primero que hice fue visitarlo en su versión Puerto Madero en Tapachula, Chiapas. En el mar me di más cuenta que el fuego es agua y el agua fuego; por ello, desde el volcán el mar me llamaba.

jueves, 22 de mayo de 2008

Paris at night

Quería escribir algo que no fueran palabras porque este mayo ya me está sabiendo a junio y mi mortalidad no se cansa de desplegar tumbos como si no fuera verdad que en el fondo del mar todo está quieto. Quería escribir algo que no fueran palabras; pero fui por un café y, al regresar a mi estudio, en lugar de escribir algo que no fueran palabras, me puse a divagar encendiendo la cámara y me filmé a mí mismo diciendo un poema de otro que dura dos minutos. Así que aquí lo expongo. Al decir ese pequeño poema me inspiré en una novia platónica pero que no habita en el mito de las cavernas; pues la presiento como una gracia de las realidades que uno puede crearse.

viernes, 6 de abril de 2007

Presentación de mi poemario "El país de la mirada" en "Casa de la palabra y las imágenes", U.D.G.


Algo sobre "EL Mito de Sísifo" de Albert Camus en relación con la película "Trainspotting" dirigida por Danny Boyle



Mientras Sísifo espera el autobús*

Por Martín Mérida

(Artículo aparecido en el periódico La manzana No.16, en el mes de diciembre del 2006: Mérida, Martín --2006, diciembre--. Mientras Sísifo espera el autobús. La Manzana, pp. 7-8 ).
 

Eran un poco más de las 5: 40 de la tarde del viernes 24 de marzo de este 2006, y en lugar de hacer algo semejante a sentarme en un andén y, así, anotar números de trenes, como dicen suelen hacerlo muchos ingleses para matar el tiempo, espero el autobús 629 “B” con la finalidad de llegar a casa. En ese tipo de esperas he aprendido a remar, leyendo. Y en esa ocasión leo El Mito de Sísifo de uno de mis autores a quien me aproximé por primera vez cuando realizaba mis estudios de licenciatura en filosofía. El libro de la edición emitida en 1985 fue escrito por el autor argelino-francés, Albert Camus. Pero no lo leo en formato de libro; no. Esta vez me acerco a él a través de más de noventa hojas fotostáticas.

Estaba, pues, fascinado en la lectura y marcaba, con color amarillo fosforescente, frases cual respuestas esperadas en estos días inyectados con dosis de prisa y ruido: ¡vaya carga de desencanto!.. Desencanto que poco a poco voy convirtiendo en barca para otro cambio en mi existencia; tal vez extraiga fuerza de la nada.

Mientras leía, como niño lleno de ensueños después de mirar una película de hechizo, dije para mis adentros: quiero rescatar tesoros del absurdo; sí, deseo asimilar la dimensión del hombre absurdo[1]y desde esa perspectiva tal vez tenga tiempo de ser Sísifo feliz. Pensaba de esa manera cuando en mi lectura llegaba a la última parte del capítulo llamado La libertad absurda. Ni bien acababa de leer las últimas cuatro palabras del párrafo: se trata de vivir, cuando un viento repentino, burlón me arrancó de las manos todas las hojas. Las hojas volaron por lo ancho de la avenida Aviación, de la ciudad de Zapopan, Jalisco, como poniéndole dientes de conejo al viento. En medio de ese remolino dije la palabra fiel servidora para descargar mi furia contra lo a veces patán del absurdo: Merde! Sí, dije ese vocablo en francés como un automatismo y no sé si para aminorar las diversas imágenes que pudieran suscitarse en quienes eluden ese tipo de sonidos, o por costumbre. En ese rapto un prodigio abrió sus puertas, pues las personas en espera del autobús: obreros, mujeres con niños en brazos, niños liberados de los brazos maternos, estudiantes mexicanos y extranjeros, parejas de amigos; novios y tal vez algún extraterrestre: sin rumiar se lanzaron a la calle a recoger mis hojas. Aún el semáforo no había encendido el rojo y ellos pararon el tráfico con amables ademanes. El sonido infernal de los cláxones se escuchó como si los conductores nos estuvieran lanzando piedras a la cara. Cuando también me miré recogiendo las hojas, de manera alterna observé cómo algunas personas con grandes esfuerzos las extraían de debajo de los autos. Terminados esos instantes, de rebelde magia abrumadora, exclamé no me acuerdo si en voz alta: Gracias a todavía no haber muerto, puedo dar fe de este acontecimiento. En efecto, aunque no se trata de la mayoría de las veces, descubro la tierra desenterrada en acciones donde la conciencia pospone al ego y entonces los humanos devenimos árboles de tan dadivosos. Pero como estos sucesos no se dan por carretadas, necesito luchar, como Albert Camus, por vivir sin racionalidades aún cuando la realidad imperante amenaza con enterrarnos sus dientes de perro.

Lleno de ese ahora y aquí en la tierra de ese día viernes, di gracias con nuevas palabras. La gente sonreía y, poco a poco, saliendo de instantes alterativos de lo acostumbrado, reanudaron sus pláticas y movimientos anteriores a mi zambullida en la lectura camusiana manoseada por el viento. Y mientras reorganizaba el texto con algunos folios ahora marcados por suelas de zapatos, un extranjero advirtió el titulo de la obra de fotostático color borroso. ¡Se trata de El-mito-de-Sísifo! —deletreó con sonriente acento inglés de Inglaterra.

Segundos antes de experimentar ese viento payaso carcajearse en mi cara, leía el párrafo donde dice:

Pero es malo detenerse, difícil contentarse con una sola manera de ver, privarse de la contradicción, la más sutil, quizás de todas las formas espirituales. Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir” (Camus, 1985: 87).
 
Con la carga emocional de lo acontecido y enlazado al ritmo particular de mi lectura, ya dentro de la panza del camión alcancé a sentarme cerca del lado donde el chofer dejó un sucio trapeador desprendiendo olor a creolina. En ese interior, poco hospitalario, con los ojos de la imaginación me dispuse a platicar con Mark Renton[2] el personaje tejedor del hilo de la película Trainsportting[3]cuyos efectos, por primera ocasión, se desplegaron en mí durante una muestra de cine internacional en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, cuando recién se estrenaba en múltiples salas de nuestro planeta y sobre la cual no he podido borrar la imagen donde Renton es tragado desde la cabeza hasta los pies por un inmundo retrete a causa de buscar una droga en forma de supositorio. En aquella ocasión declaré con convencimiento de hacerme todavía temblar: Gran parte del mundo es un sucio retrete donde el hombre se hunde en busca de drogas. Y todavía no he cambiado de opinión. Pero, lo admito, desde hace ya algún tiempo la vida me hace constatar un mundo paralelo y distinto a ese donde el bien y el mal se ponen en complot para asesinar no sólo a los humanos; se trata del horizonte con rostro de quienes sirven tratando de amarrar al ego; horizonte donde las personas saben despojarse de esperanzas tontas y viven esta vida como “agarrar al toro por los cuernos”.
 
En Traisportting, Renton dice con cerebro convencido mientras su cuerpo y el de sus “amigos” a gritos delatan lo contrario: “Cuando no te inyectas heroína estás obligado a preocuparte por pendejadas.”
           Tal vez ese personaje quiso nombrar con ese término a los sin sentidos llenando el tiempo; por ello hace bien al mencionar, en su larga lista, a las cuentas bancarias tantas veces llenas de mierda como los espejos de los conquistadores. Pero creer a la heroína salida segura –o cualquier otra droga-- es dar un salto falso más en esta vida llena de saltos parecidos al de la racionalidad cínica que desviando el camino de una ética disruptiva a veces logra revolcarnos en el infierno de lo mismo. Tanto Renton como su madre y demás personajes del filme (Sick Boy, Tommy, Begbie y Spud) son suicidas quienes, parafraseando a Camus, han sido superados por la vida. Sí, esos personajes han caído en la trampa del mismo mundo que niegan; son seres con anteojeras, pues para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera (Camus, ibidem, 75 ).
 
El filme es un amargo reproche al mundo asfixiante; reclamo atinado y sin rodeos desde la experiencia donde el verdugo es el encapuchado consumo de drogas:

“…Elige sentarte en el sofá a ver teleconcursos que embotan la mente y aplastan el espíritu mientras
llenas tu boca de puta comida basura. Elige pudrirte de viejo cagándote y meándote encima de un asilo miserable siendo una carga para los niñatos egoístas y hechos polvo que has engendrado para remplazarte (…)”
La rebelión, la libertad y la pasión que en El mito de Sísifo, de Camus, aparecen como consecuencia del absurdo, bien pueden convertirse en armas para viajar hacia lo hondo y venir a la superficie sin ahogarnos en ríos de artificio. La vida más grande (y no otra vida) no parece provenir de religiones y filosofías casadas con políticas asesinas y mucho menos de rosas desprendidas de estupefacientes jardines. Tal vez sólo declarándose extranjero de lo que pervierte y enajena, quien planeaba ahorcarse decida estrangular la cuerda.[4]
 
 
[1] El hombre absurdo es la razón que comprueba sus límites.
[2] A Renton por poco lo atrapan después de haber cometido un robo en un supermercado. Mientras corre, los objetos de su robo van cayendo a través de una calle de Edimburgo (debe experimentarse como horrible sentirse a punto de ser atrapado y, más, cuando los otros nos creen en falta.) A mí se me caen unas hojas no robadas en esa experiencia donde narro la gratuidad desprendida de las personas dispuestas a ayudarme a recogerlas. Y, no obstante, en esa caída de hojas siento que a pesar de la magia en el servicio desinteresado proveniente de esas más que buenas gentes; me experimenté un poco atrapado en la intolerancia de los conductores ruidosos por sonar cláxones como si fueran animales dueños y señores de la calle.
[3] La película fue lanzada en Inglaterra en 1996; estuvo dirigida por Danny Boyle y está basada en la novela del escocés Irvine Welsh.
[4] Aquí parafraseo al poeta Paul Celan cuando en su poema Alabanza de la lejanía, dice: En el venero de tus ojos/ estrangula su cuerda un ahorcado. Vid. Celan. Paul, Obras completas, Madrid, Trotta, 2002. Bibliografía: Camus, Albert, El mito de Sísifo, Madrid, Alianza, Editorial, 1985.
Celan, Paul, Obras completas, Madrid, Trotta, 2002
*Para revisar La manzana no. 16, veáse: http://lamanzana16.blogspot.mx/