En el año 2000 llegó a
mis manos un libro editado en 1999. Libro en sí mismo parecido a un rey de los
buenos. El libro se llama “Una selva de reyes.” Se trata de un libro sobre los
mayas y fue escrito por Linda Schele y David Freidel. Libro de 598 páginas editado
por el Fondo de Cultura Económica. Tanto me estremeció que le consagré muchas
horas a repasar, con los ojos de la imaginación, lo descubriéndose en esas
páginas acompañadas de inolvidables ilustraciones, pero a pesar de continuar leyendo sobre este
horizonte, todavía me falta mucho por saber al respecto, pues reconozco también
otra suerte de sabiduría en lo maya apenas balbuceado en los modernos libros.
Otra suerte de sabiduría que antropólogos y arqueólogos se están encargando de
señalar con pericia e inteligencia y yo no he vacilado en caminar hacia ese advenimiento. En efecto,
vengo de ese horizonte maya que atraviesa Chiapas. Soy chiapaneco y en mi
sangre también poseo herencia de un pueblo de sabios, sacerdotes, chamanes,
poetas, artistas, astrónomos, guerreros; etcétera. Pueblo digno de ser tomado
en cuenta e imposible de quedar devorado por la pretensión unívoca de la razón
económica destrozando las vértebras del mundo. Vengo de un Estado de origen
Maya, pues. Y saber de dónde vengo y a dónde voy, vibra en mí no sólo por haber
estudiado Filosofía sino porque esa búsqueda está inscrita en mi ser fenómeno humano y porque, además, no
me perdonaría quedar caracterizado en las implacables palabras de Octavio Paz
escritas en EL LABERINTO DE LA SOLEDAD: “El mexicano vive en dos abstracciones:
no sabe de dónde viene y, por lo tanto, ignora a dónde va.” Por consecuencia,
deseo que mis compatriotas reconozcan sus raíces para compartir los frutos del
árbol que somos en un mundo de eticidad analógica.
Pero, no es sobre mis
conocimientos del mundo maya lo que aquí vengo a expresar (ya me daré un tiempo
de gracia para seguir estudiándolo y dedicarme a escribir tendido, al respecto)
y si lo he mencionado se debe a que, cuando pensé lo concerniente a mi propuesta
durante la “Semana i” (semana para innovar con proyectos diferentes a lo
acostumbrado. Proyectos a desarrollar
competencias de enlazar con materias curriculares) y a realizar en el Tecnológico de Monterrey, campus
Guadalajara (universidad donde laboro) no dudé en pensar en un viaje de
estudios en la plenitud de pueblos originarios y paisajes de Chiapas. Viaje
proyectado, en mucho, dentro de la sabiduría maya. Por ello, decidí dar
continuación a mi taller de “Senderismo, Montañismo, Ética y Creación literaria”.
Taller aprobado por mi centro universitario en septiembre del 2014 e inaugurado
con un viaje a la cima del volcán Nevado de Colima. Mas, en esta ocasión de
septiembre de 2015 mi taller se llamó:
SENDERISMO, MONTAÑISMO, ÉTICA Y CREACIÓN LITERARIA: viaje a través de paisajes
y pueblos originarios de Chiapas, para provocar la reflexión crítica y la
redacción literaria.
En efecto, 18
jóvenes se inscribieron en mi taller. La
mayoría de ellos no se conocían entre sí, pero la realidad de juntos convivir,
del 20 al 26 de septiembre, nos acercó
de manera tanto amistosa como fraterna. Sí, por supuesto, la amistad y
la fraternidad son indispensables condiciones para que un grupo de senderismo y
montañismo pueda fluir.
Sobre lo concerniente al
horizonte maya, visitamos de manera detenida
la zona de Toniná, ubicada a 10 kilómetros de Ocosingo. Toniná es un
yacimiento arqueológico de cuya importancia apenas está comenzando a hablarse,
pues según los arqueólogos más avezados en la materia, Toniná es junto a Tikal
uno de los centros mayas más importantes. Dicho sea de paso, sólo hasta hace
poco ahí se descubrió la pirámide más grande de Mesoamérica (incluso más grande
que la de Teotihuacán). En Toniná, pasamos mucho tiempo dentro y en la superficie del “Templo del
espejo humeante”. Templo de asombrarnos tanto por su belleza como por las
piedras develando lo imposible de morir.
En nuestro viaje
visitamos al hombre medicina: el chamán maya-tibetano quien, gracias a la
autenticidad de su servicio, es ahora un sanador reconocido en el mundo. Me
refiero a Don Lauro de la Cruz quien desde su infancia fue reconocido por su comunidad como un niño
de asombroso potencial chamánico. Y a los seis años, Don Lauro fue llevado a un
monasterio del Tíbet donde aprendió a curar también desde esa tradición. Además
del Tíbet, don Lauro cultivó su sabiduría en monasterios de Japón y China. No
obstante, Don Lauro asegura que todo lo que aprendió por allá ya estaba aquí
entre los mayas.
Luego de una ceremonia de
energización que nos ofreció este excepcional hombre-medicina (ceremonia
cautivadora y mediación de gran impulso para continuar nuestro viaje de estudios y de la cual quedamos agradecidos
con todo el corazón) caminamos junto a él a través de una montaña cercana a su
casa de sanación. En esa montaña se nos unieron tanto el niño secretario
general de la comunidad de Don Lauro, como amigos de este hombre medicina. Y,
las piedras, el lodo, el barro, los
perros, los árboles, las flores, las nubes... también se nos hermanaron para
hacer de esa travesía una magia inolvidable. Luego de ese encuentro con Don
Lauro, mis estudiantes no acaban de asombrarse por tan variados dones recibidos
en ese inolvidable día del 24 de septiembre.
Al llegar a casa de Don
Lauro, luego de depositar mi propia ofrenda en el altar y realizar una breve
meditación, le enseñé la foto donde aparece junto a Fernando Esteban Larrinaga
Robles, estudiante a quien conocí a punto de cumplir años (sus 18 los cumplió
el último día de nuestro curso en el verano de 2011) porque, siendo estudiante
del TEC, tomó conmigo la materia de “Ética, persona y sociedad” y debido a
marcados intereses comunes, la vida nos permitió ser amigos y hermanos. Amigo y hermano fue –y lo sigue siendo
Esteban desde otra dimensión-- cuya libertad le permitió vivirse con grandes
virtudes y porque su interés por el
mundo maya y el arte de curar con formas milenarias (como ha sido la búsqueda
propia de un servidor) hizo que a sus 16
años llegara a casa de Don Lauro para conocerlo de manera personal en una
ceremonia muy especial. Mi amigo Fernando Esteban (Esteban) como ya he platicado en otros de mis
escritos, trascendió este mundo el 20 de Julio de 2014. Don Lauro al reconocer
a Esteban junto a él mediante la fotografía, frotó sus ojos de niño y los cerró
en señal de meditación. Luego, en la ceremonia de energización que ofreció,
tuvo presente a Esteban a quien nombró como un ser de luz y, a su vez, su
servidor dio gracias a la vida, frente a todos los ahí reunidos, por la
presencia mística de Esteban acompañándonos desde su trascendencia en ese
singular evento. Porque, en efecto, busqué llevar a mis estudiantes con Don
Lauro porque nada hay mejor que conocer
a un auténtico maya de no dejar morir sus raíces y de convertirse en un instrumento de paz y
sanación.
Agradezco a los
estudiantes guerreros e integrantes de mi Taller de “Senderismo y Montañismo,
Ética y Creación Literaria” por su finura, gran tono vital y valentía
demostrada en nuestro recorrido: Karen
Montserrat Rodríguez Parra, Daniel Heráclito Pérez Díaz, Ana María Macías
Olmedo, Eduardo Vázquez Zatarain,
Magdalena Vanessa Solís, Alejandra Amezcua,
Javier Velázquez Valles, Paula Mariana de la Torre, Andrés Joaquín González Barba, Lorena García
Zárate, Luisa María Flores Tovar, Daniela Méndez Sánchez, Pedro Camarena
Gutiérrez Zetina, Paola García Tamayo, José Luis Enriquez Flores, Ana Karen
Pulido Bernal, José Ernesto Gastelum Orduño y Mireya Siller Payán
Amigos:
Son muchos aspectos que
he de narrar junto a mis estudiantes integrantes del taller, pues nuestro viaje
fue de una semana y, por consecuencia, la historia continuará. ¿Vale?
Amigos:
Gracias por ser
senderistas y montañistas de no dejar morir sus raíces.
Martín Mérida
Martín Mérida
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